Este último latín hizo dar un salto al pobre Don Faustino.
—¡Ah! ¿No me engaña V., Padre? ¿Con que se ha escapado? ¿Á dónde? ¿Cuándo? ¿Por qué camino?
—Hijo, aunque te enfades conmigo, mi deber es arrostrar tu furia. María se ha ido; pero no te diré por dónde ni á dónde. No quiero que la sigas. Ayer me confesó sus pecados. Como condición de la absolución, le impuse que se fuera. Además, había otras razones que la obligaban á partir.
—¿Qué razones? No hay razón que valga,—dijo el Doctor enojado.
—Sí las hay, hijo mío. Hay una persona á quien la naturaleza concedió poder sobre ella; pero á quien Dios quitó el derecho de ejercer ese poder, en castigo de sus maldades. Esa persona sé yo que la busca; sé que ha averiguado ya que estaba en esta casa. Es audaz, terrible... Hubiera venido... venía ya á buscarla y á arrancarla de aquí. Por esto también ha huído María. No puedo ni debo decirle más.
—Yo la hubiera defendido, Padre. Nadie hubiera osado venir á robármela.
—¿Y con qué título iba yo á poner á María bajo tu custodia y amparo?
—Con el título de mi mujer legítima.
—Mira, señorito, los frailes hemos sido siempre esto que llaman ahora demócratas, pero entendida la democracia de un modo mejor. Ciertamente que yo no me hubiera parado ante ningún humano respeto para disuadir á María de que se casase contigo. Hubiera sido un modo de enmendar vuestras gravísimas culpas, y yo le hubiera adoptado. María ha sido la que se negó resueltamente á casarse. Creyó que era su deber irse y se fué.
—¿Á dónde ha ido? Dígame V. á dónde.