Dejando aparte la cuestión de si es ó no justa, y de hasta qué punto lo es la censura, no se ha de negar que, aun suponiendo parte de la propiedad fundada en el robo, ora por violencia, ora por astucia, no es modo de remediarlo robando también por medio de la astucia ó por medio de la violencia, ya con la fuerza colectiva y grande de un estado revolucionario, ya con la fuerza menos potente de una cuadrilla de bandoleros. Joselito el Seco, no obstante, entendía ó quería dar á entender que sí, apoyado en un antiguo refrán, cuya importancia es inmensa. El refrán dice: Quien roba al ladrón tiene cien años de perdón; y en este refrán se apoyaba para afirmar, no ya que no cometía ningún delito, sino que ejercía todas las obras de misericordia, cifradas y compendiadas en una. En efecto, Joselito no robaba jamás sino á los ricos, á quienes despojaba sólo de lo que le parecía supérfluo, dejándoles lo necesario. Hacía muchas limosnas, socorría no pocas necesidades, y enviaba dinero á varios puntos para misas y funciones de iglesia, porque era muy buen cristiano. Sostenía Joselito que casi todo lo que había robado se lo había robado á ladrones, y los de su cuadrilla jamás se echaban sobre la presa sin exclamar: «Rindete, ladrón, y suelta la bolsa». La excesiva abundancia de dinero induce además á los hombres á que se entreguen á la ociosidad, madre de todos los vicios; á que se traten con sibarítico regalo, y á que ofendan á Dios, en suma, por no pocos caminos. Por donde Joselito afirmaba que, despojando á muchos de lo supérfluo, había contribuído poderosamente á la mejora de sus costumbres y les había abierto y allanado el sendero de la virtud.
Después de esta apología, Joselito dió nuevo giro á su discurso, y habló de la hacienda y casa de los Mendoza, cuyo estado conocía; lo pintó todo como perdido sin remedio, y por último, dió al Doctor las noticias recientes, que por sus espías y amigos él había recibido de Villabermeja, sobre la venganza de Rosita y la amenaza de ejecución.
El dolor y la rabia de D. Faustino fueron muy grandes al saber tan tristes nuevas. Al pensar en el apuro y desconsuelo en que estaría su madre, no acertó á contener las lágrimas que brotaron de sus ojos.
—¡Por vida del diablo!—dijo Joselito,—¿qué lágrimas son esas? Un hombre recio no llora nunca. ¿Quiere V. vengarse? Yo le doy mi auxilio. Nada tiene V. ya que esperar de la gente. Rompa V. con toda. Declárele la guerra con valor. ¿Sería V. acaso el primer mayorazgo arruinado que se ha hecho de los nuestros? Una palabra resuelta de V., y V. es aquí el amo. En tres ó cuatro días nos ponemos en la Nava, y hacemos, si V. quiere, una atrocidad. El Escribano usurero nos soñará toda la vida. Le quebraremos las tinajas, vertiendo el vino y el aceite; le mataremos las reses; y si esto no basta, le incendiaremos la casería.
D. Faustino no pudo menos de romper entonces el silencio que hasta allí se había impuesto.
—Joselito—dijo,—cada hombre tiene su natural y su modo de proceder. Yo no quiero probarle á V. que V. obra mal; pero no puedo menos de decirle que yo pienso de muy diversa manera y no puedo hacer nada de lo que V. hace. El Escribano, usurero por sí ó en nombre de otros, pide lo que le pertenece de derecho. Ninguna injuria me infiere. Nada tengo que vengar. Aunque mi madre muriese de pena, no pensaría yo que el Escribano usurero fuera el causante de su muerte. La culpa sería mía, que con mi imprevisión no he sabido evitar tanto bochorno.
—Me aflige oir á V., Sr. D. Faustino—replicó Joselito.—No quisiera ofender á mi prisionero; mas no puedo resistir á la tentación de decir á V. que es V. un blandengue. Es treta muy común negar la injuria para excusar el peligro de la venganza. Tiene V. razón: la injuria que no ha de ser bien vengada ha de ser bien disimulada.
El Doctor perdió los estribos: se puso más colorado que una amapola; se olvidó de que Joselito estaba armado siempre; se olvidó de que á una voz de Joselito podrían acudir sus hombres y darle muerte en el acto.
—¡Voto á Dios!—dijo,—que yo no disimulo injuria alguna, y menos la de V., que es quien me injuria. ¿Piensa el ladrón que todos son de su condición? ¿De dónde, por perdido que yo esté, puede V. inferir que yo voy á adoptar la infame vida que V. lleva? Repito que el Escribano está en su derecho; que no me injuria, y basta que yo lo diga. El Escribano obra como quien es: es ruín y obra ruínmente; pero no me injuria.
Joselito, en el primer momento, estuvo á punto de romper la cabeza al Doctor, que así se desahogaba. En todos los días de su vida había tenido Joselito tanta paciencia. Reportó su cólera. Allá en su interior casi se alegró de que la persona de quien su hija andaba enamorada tuviese tantos arrestos.