—¡Bien está!—dijo.—Á quien hoy toca, no disimular, sino perdonar las injurias, es á un servidor de V., Sr. D. Faustino. No disputemos más. Cada loco con su tema.
—Dispense V., Joselito, si me he exaltado un poco.
—La cosa no es para menos. Comprendo que debe de estar V. más quemado que candela. Sentiré quemarle más; pero me importa recordar el pacto que hemos hecho. V. tiene algo viva la sangre y puede olvidarlo á lo mejor. Un caballero tan cabal, que está en su punto, sería una lástima que se cegase y faltase á lo pactado.
—Yo no faltaré nunca.
—Con todo, no está demás recordar á V. que es mi prisionero; que ha prometido no huir ni hacer armas contra nosotros, sino seguirme y obedecerme.
—En cuanto no se oponga á mi honor ni á mis principios.
—Convenido. Pues sepa V. ahora, Sr. D. Faustino, que por más que no quiera V. ser de nuestra compañía, V. ha de permanecer conmigo á modo de cimbel ó reclamo.
—¿Qué significa eso?
—La cosa es muy sencilla. ¿Para qué sirven el cimbel y el reclamo? Para que las avecillas enamoradas acudan donde ellos están. Pues para esto me está V. sirviendo. Deseo que mi ingrata hija venga á mí; y ya que no venga por amor de su padre, vendrá por amor de usted. Para esto sigue V. en mi poder. Luego que venga María, yo concertaré con ella el precio del rescate. Yo tengo donde ella viva segura y con mucho regalo. ¿Por qué no ha de vivir María donde esté bajo el dominio de su padre, donde su padre pueda verla? ¿Por qué ha de andar huyendo siempre de mí?
El plan del bandido era hábil. El Doctor no dudó de que María iba á venir en busca de su padre, á fin de salvarle á él del cautiverio. El caso era triste. Él iba á tener la culpa de que aquella mujer, que había podido hasta entonces librarse de padre tan tremendo y de vivir como su cómplice á costa de sus robos, cayese en poder del capitán de bandoleros. Las súplicas y los insultos hubieran sido inútiles para hacer que Joselito cambiase de propósito. El Doctor se calló por consiguiente.