Dos días después del coloquio que acabamos de referir, permanecían aún los bandidos y el Doctor en la hermosa casería de que se ha hablado. Sin duda esperaban la llegada de alguien: casi de seguro, imaginaba el Doctor, esperaban la llegada de María.
Eran las diez de la noche. Se oyeron resonar fuera de la casería los cascos de dos caballos, que á poco llegaron y pararon á la puerta. Joselito, su tropa y el Doctor se hallaban tomando el fresco en el patio, cuando el bandido que estaba de atalaya entró seguido de dos hombres. El uno, que parecía criado, venía descubierto; el otro venía embozado en su capa hasta los ojos y con el ala del sombrero tapada la frente y envueltos en sombra los ojos mismos. Sin desembozarse, sin descubrirse, dijo el incógnito:
—Á la paz de Dios, caballeros.
—Á la paz de Dios—le contestaron.
Encarándose luego con Joselito, añadió:
—Dios te guarde. Guíame á un cuarto cualquiera. Tengo que hablarte á solas.
Estas palabras, pronunciadas con imperio, fueron oídas con profundo respeto por Joselito, que conoció en la voz á quien las pronunciaba. Guió, pues, al embozado á un cuarto, donde hizo poner luces. El criado quedó en el patio aguardando en silencio. Los caballos en que habían venido amo y criado estaban fuera de la casería, atados de la brida á unas argollas que al efecto había en la pared.
La conferencia duró más de una hora; y terminada que fué, el embozado partió con su acompañante, á quien el mismo Joselito vino á llamar para que siguiese á su amo. Las pisadas de los dos caballos que se alejaban se oyeron resonar desde el patio.
—Señor D. Faustino—dijo entonces Joselito—, tenga su merced la bondad de venir conmigo.
El Doctor siguió á Joselito al mismo cuarto donde con el embozado había estado hablando. Solos allí, con voz conmovida dijo Joselito al Doctor: