—Todos mis planes se han deshecho. Es mi sino. Hay una fuerza superior á mi voluntad que me avasalla y sujeta. María no ha muerto; pero V. y yo debemos considerarla como muerta. No la volveremos á ver más. Para nada le necesito á V. ahora. He prometido además al hombre que acaba de irse de este cuarto que pondré á V. en libertad inmediatamente. Voy á cumplir la promesa. ¿Quiere usted irse ahora mismo?
—Estoy impaciente por ver á mi madre, por salvarla, por consolarla al menos. Ahora mismo me voy—contestó el Doctor.
En balde intentó averiguar quién era el personaje misterioso que procuraba su libertad, y, sobre todo, cuáles eran el paradero y el destino de María, para que tuviese él que considerarla como muerta. Joselito no quiso ó no pudo revelarle nada. Mandó que ensillasen la jaca del Doctor y que dos de los de más confianza de la cuadrilla se preparasen á acompañarle.
Todo dispuesto ya, el Doctor se despidió de Joselito alargándole la mano, que éste apretó amistosamente entre las suyas.
Por trochas y atajos, por sendas extraviadas, caminando más de noche que de día, llegaron, al tercero, el Doctor y su comitiva á un sitio distante media legua de Villabermeja y muy conocido del Doctor, porque estaba en el camino de su casa de campo. Allí los bandidos le pidieron su venia para volverse. El Doctor se la dió de buen grado, con mil gracias por el favor que le habían hecho. Procuró también darles el dinero que llevaba consigo; pero la caballerosidad y desprendimiento de aquellos valientes no lo consintió.
Empezaba á clarear cuando el Doctor se quedó solo. Era una mañana hermosísima. Con la impaciencia de volver á ver á su madre, puso el Doctor espuelas á la jaca, y pronto se halló en el lugar y á la puerta de su casa, que vió abierta, aunque tan temprano.
Entonces le dió un vuelco el corazón. Presintió una desgracia. Una nube de tristeza nubló sus ojos.
Faón fué el primero que salió á recibirle; pero en vez de mostrar contento, daba aullidos tristes.
Bajó el Doctor de la jaca, y dejándola en el zaguán, entró por el patio, sin hallar á persona alguna. El podenco iba delante, aullando á veces, como si quisiera darle una nueva dolorosa.
Al ir á subir la escalera para dirigirse al cuarto de su madre, apareció la niña Araceli y se echó en los brazos del Doctor.