—¡Hijo mío, hijo mío!—dijo.—¿Dónde has estado? ¡Gracias á Dios que sano y salvo te volvemos á ver!

—Tía, ¿cómo está V. por aquí? ¿Qué ha pasado?

—Tu madre está enferma, hijo mío.

—No me oculte V. la verdad, tía. Es inútil. Mi madre...

—No subas ahora... está durmiendo.

—Está durmiendo un sueño eterno—exclamó el Doctor.—Mi madre ha muerto.

La niña Araceli ni afirmó ni negó, pero prorrumpió en amargo llanto.

El Doctor subió precipitadamente la escalera. Iba á dirigirse á la alcoba de su madre, cuando el ama Vicenta le detuvo á la puerta, diciéndole:

—No está aquí.

Instintivamente se fué entonces hacia la sala-estrado. También allí estaba á la puerta otra persona: el padre Piñón.