—Déjeme V. que entre y la vea,—dijo D. Faustino.
El padre Piñón, juzgando ya inútil todo disimulo, respondió al Doctor:
—No entres; no perturbes su reposo: pide á Dios que descanse en paz.
D. Faustino cayó llorando entre los brazos del Padre.
—¡Ha muerto!—dijo.
—Ha muerto como una santa,—contestó el padre Piñón.
—Soy un miserable. Yo la he muerto con mis locuras. ¡Dios mío! ¡Dios mío! ¿por qué no me matas á mí?
—Quia Dominus eripuit animam tuam de morte,—dijo el Padre, que siempre llevaba el Breviario en la memoria, y que entonces, además, le traía en la mano, abierto por el Oficio de Difuntos.
—Hijo mío—añadió,—reza por tu madre, reza por tí; mira que en estas grandes tribulaciones el rezar es el mayor consuelo: Tribulationem et dolorem inveni, et nomen Domini invocavi.
—Es cierto—respondió D. Faustino;—he hallado la tribulación y el dolor, pero no he hallado la fe.