—¡Qué horror! Si has de hablar así, vete, no profanes este sitio.
El Doctor tomó entonces maquinalmente el Breviario que tenía el padre Piñón. Fijó sus ojos en la página por donde estaba abierto, y leyó unas desesperadas sentencias del libro de Job, encarándose al leerlas con el Padre, como si le contestara.
—Mi alma—dijo—tiene tedio de mi vida. Hablaré con amargura de mi alma. Diré á Dios: no quieras condenarme. Manifiéstame por qué me juzgas así. ¿Por ventura te parece bien el que me calumnies y me oprimas?
Aterrado el Padre de que así convirtiera el Doctor el bálsamo en veneno, le arrancó el Breviario de entre las manos.
D. Faustino se precipitó dentro de la sala.
En medio de ella, en un féretro, entre cuatro blandones ardiendo, hacía más de veinticuatro horas que estaba su madre de cuerpo presente.
D. Faustino se acercó al féretro con silencio respetuoso; se hincó de rodillas como quien pide perdón, y levantándose luego del suelo, se inclinó sobre el rostro de la difunta, le contempló con honda pena, y exclamó como si anhelase despertarla:
—¡Madre, madre mía!
Respetilla, que estaba velando el cadáver; el padre Piñón; Doña Araceli, que había subido, y el ama Vicenta, callaban y lloraban.
El Doctor, aproximando, por último, los labios á la cara pálida y desfigurada de Doña Ana, la besó en la frente y en las mejillas.