Los que asistían á este espectáculo se apoderaron de D. Faustino, y casi por fuerza le sacaron de allí y se le llevaron á su cuarto.
XXV.
LA SOLEDAD
El dolor de D. Faustino fué grandísimo en aquellos días. Nació, no sólo del amor que profesaba á su madre, sino del remordimiento de haber sido, en parte, causa de su muerte.
El Doctor, allá en el seno de su conciencia, recordaba la vida de Doña Ana, y comprendía que había sido un prolongado martirio, en que su padre y él habían hecho el oficio de verdugos.
Doña Ana, resignada á vivir en Villabermeja, con un espíritu elevado y culto, no había tenido con quién entenderse. Su marido, rudo, selvático, montaraz, no sabía estimarla. Ni siquiera por gratitud, viéndose tan cuidado y respetado, había mostrado amor y consideración á Doña Ana. Con sus amores viciosos por la Joya y la Guitarrita, y por otras daifas palurdas por el estilo, había humillado cruelmente á su mujer. Ni siquiera amistad, ya que no amor, había sabido mostrar á aquella noble señora, con quien jamás había acertado á sostener un diálogo que durase cinco minutos. En cambio, ora jugando, ora en francachelas, en ferias y en excursiones á otros pueblos de Andalucía, ora en regalos á las mancebas que había tenido, ora con su desorden, mala administración y necios planes, D. Francisco López de Mendoza se había empobrecido y se había empeñado.
D. Faustino, lejos de remediar los males de su casa, los había agravado más, si no con gastos grandes, con su imprevisión y su descuido y con su incapacidad para las cosas prácticas de la vida. Su conducta reciente había provocado, por último, la cólera de Rosita, y había traído sobre la cabeza de su madre el golpe rudo que, en unión con su fuga y cautiverio entre los ladrones, había acabado por matarla. D. Faustino no quería perdonarse nada de esto. Estaba inconsolable.
La niña Araceli y el padre Piñón, que eran tan buenos, le hablaban de resignación; le decían que era menester conformarse con la voluntad de Dios, y aseguraban que Doña Ana, que había sido tan virtuosa no podía menos de estar en el cielo. Á par de estas razones, fundadas en la fe, sacaba á relucir el padre Piñón, con un candor delicioso y con un sentido común exento de sentimentalismo, otros pensamientos y discursos que, ya que no convenciesen al Doctor, le hacían sonreir y aliviaban algo su pena.