—Faustinito—decía el Padre,—no te aflijas tanto. ¿Qué se gana con afligirse? ¿Hay nada más natural que morir? Si no se muriese la gente, ¿cabríamos ya en el mundo? Además, ¿crees tú que nos podríamos sufrir, al cabo de cierto tiempo, si fuésemos inmortales? ¡Qué monotonía tan inaguantable la de la vida si no hubiera en ella término! Yo creo que en este bajo suelo sería peor una vida inmortal que el tormento de quien no duerme y se cansa. Al cabo de cierto tiempo de velar y de trabajar, te sientes cansado y deseas dormir; pues lo mismo, después de vivir y de afanar mucho, se desea la muerte. La muerte es el reposo, es el sueño para los que velaron y se fatigaron demasiado. Se me figura á veces que en el morir debe de haber muy semejante deleite, aunque mil veces más intenso, al del hombre que, después de haber ganado su jornal y empleado bien el día en obras útiles y misericordiosas, se tiende en una buena cama, estira las piernas y se queda dormido.
—Sí, Padre—contestaba el Doctor;—pero ese hombre se duerme con la esperanza cierta de despertar á la mañana siguiente y de ver la luz y de hallarse más fuerte y brioso.
—Pues con más bella y sublime esperanza se entregó tu madre al sueño del sepulcro—replicaba el padre Piñón, dejando á un lado sus filosofías instintivas y volviendo á su papel de creyente y de sacerdote.—Tu madre se entregó al sueño del sepulcro con la esperanza cierta de despertar á la mañana, pero á la mañana que no termina ni cansa; de gozar de otra luz más hermosa, de gozar de un día eterno, y de recibir una magnífica paga, un jornal espléndido por sus trabajos y virtudes. Sin duda, que, al morir, la palabra de Dios resonó en el centro de su alma, diciendo: Ego sum resurrectio et vita: qui credit in me, etiam si mortuus fuerit, vivet; et omnis qui vivit et credit in me non morietur in æternum.
Por desgracia, ni los razonamientos mundanos y filosóficos del padre Piñón, ni sus creencias, ni las antífonas del breviario que citaba, llevaban el mayor consuelo al ánimo de D. Faustino. Sólo dos personas había hallado en el mundo con quienes su corazón verdadera y profundamente simpatizase, con quienes su espíritu estuviese en comunicación real: su madre y María. Una había muerto; de la otra, tal vez para siempre le apartaba un obstáculo invencible. De esto no acertaba á consolarse con nada.
Por otra parte, ahora que ya había perdido á su madre, el Doctor se echaba en cara su desvío, ó por lo menos su tibieza para con ella. Se culpaba de no haberla amado y respetado bastante, y no se lo perdonaba. El Doctor se fingía creyente, religioso, por un momento, y comprendía que, no sólo el padre Piñón, sino todos los sacerdotes del mundo le absolverían de aquellos pecados. Dios, cuya justicia no es mayor que su bondad, pues ambas son infinitas, le perdonaría también; pero él no se perdonaba. Acumulaba sus faltas como quien hace una suma; y así como por más que se esforzase no podía conseguir que tres y dos no fuesen cinco, así tampoco podía lograr perdón para aquella suma dentro de su conciencia recta y fría como la tabla de sumar ó como un conjunto de axiomas. Entonces exclamaba:—¡Qué felicidad es creer en una misericordia infinita, en un amor sin límites, que le perdona á uno lo que uno mismo no se perdona! Yo tengo en mí un ideal de perfección, que sólo me sirve de tormento, porque jamás llego á él; y cuando me examino y estudio, veo que me aparto de él y me degrado más cada día. ¡Dichosos los que imaginan percibir ó perciben una realidad suprema, cuya bondad inagotable los purifica, elevándolos hasta ella!
La niña Araceli procuraba también consolar á D. Faustino; pero lograba menos aún que el padre Piñón.
Entre tanto, la niña Araceli había prestado á la casa un servicio inmenso. Todo el dinero que tenía ahorrado, que pasaba de dos mil duros, le había traído y entregado á Respeta para que pagase á los acreedores. La venta de las alhajas de Doña Ana y de los frutos que aun quedaban en la casa había producido cerca de otros mil duros. Y por último, la niña Araceli, empeñando sus bienes, había traído hasta otros seis mil duros, con todo lo cual había nueve mil, y sobraba para salir del apuro y salvarse de la ejecución.
Doña Ana logró morir con el consuelo de ver esta gran prueba de amistad de la niña Araceli, que vino á cuidarla, recibió su último suspiro y le cerró los ojos.
Para el Doctor, aunque agradecido á la niña Araceli, era una humillación que hubiese hecho ella lo que él, que tan capaz de todo se juzgaba, no había podido hacer. Tenía, además, el Doctor, cierta envidia generosa de que la niña Araceli, y no él, hubiese sido quien oyó las últimas palabras de la moribunda, y vió apagarse la postrera luz de su dulce mirada, y sintió en su rostro, inclinado sobre el lecho de muerte, el aliento final de aquel noble pecho.
Como la muerte de Doña Ana había provenido en parte de los disgustos é insolencias del Escribano usurero, no dejó de pasar por las mientes del Doctor la idea de tomar venganza. Pero pronto la desechó considerándola miserable y hasta ridícula. El Escribano, y sobre todo, Rosita, que mandaba en el Escribano, no habían recibido sino agravios de la casa de los Mendoza; y si los habían satisfecho reclamando lo que les pertenecía, nada había que vengar ni nada de que quejarse. Don Faustino sólo sentía por el Escribano y por Rosita un desprecio profundo, desprecio que estamos nosotros muy lejos de justificar.