D. Juan Crisóstomo Gutiérrez estaba compunjido y aterrado con la muerte de Doña Ana y con la venida del Doctor. Unas veces soñaba que la muerta entraba en su cuarto de noche y venía á tirarle de los piés; otras veces sospechaba que el vivo D. Faustino iba á darle una paliza el día menos pensado.

En el pueblo, donde el Escribano era por lo general odiado, como suelen ser los ricos por los pobres, sobre todo cuando los ricos no son generosos, casi todos los contrarios de los Mendoza, que en un principio habían aplaudido la venganza, movidos á compasión por la muerte de Doña Ana, se desataban en invectivas contra aquel usurero infame y sin entrañas, que era lo menos que de él decían.

Rosita, por su parte, se mostraba sombría y silenciosa, aunque procuraba parecer impasible. Si allá en el fondo de su alma pugnaba por surgir el arrepentimiento, pronto le sofocaba ella evocando el recuerdo de todas las injurias recibidas. La noche de la Nava se presentaba viva en su imaginación, con su abandono, con su deleite, con todos sus hermosos delirios, que casi al punto se desvanecieron. Estas imágenes eran para el corazón de Rosita como una copa donde había gustado néctar y donde no había ya sino turbias heces de hiel y veneno. Recordando aquella noche y recordando la otra en que sorprendió al Doctor con María, Rosita, lejos de arrepentirse, se apesadumbraba de ser una flaca y desvalida mujer, y se avergonzaba de no ser bastante valerosa para buscar al Doctor y darle de puñaladas.

D. Faustino, lleno de pena, ni quería salir de casa ni tratar de negocios, y encargó al padre Piñón para que fuese en casa del Escribano, en compañía de Respeta, á pagar lo que debía y á levantar las hipotecas que pesaban sobre sus bienes.

De la materialidad de recibir y contar el dinero cuidó Rosita. Durante esta prosaica operación, en el despacho particular de la casa, mientras su padre estaba en la escribanía, Rosita se quedó á solas con el padre Piñón, y éste le dijo:

—Ya tienes ahí todo el dinero; ya estás pagada; ya debes estar contenta.

—¡Ay, padre, padre! La deuda que Faustino contrajo conmigo no se paga con todo el oro del mundo. Ni con su sangre y su vida la pagaría.

—Eres una pecadora empedernida—replicó el padre Piñón.—Por ahí me acusan de que tengo la manga ancha, y es verdad que la tengo. Á mucho amor, mucho perdón; tal vez entienda yo muy á la letra aquello de que le será perdonado mucho á quien mucho ha amado; pero cuando el amor se trueca en odio, te aseguro que se me quitan las ganas de perdonar. Dime, desalmada mujer, ¿no te remuerde la conciencia de la muerte de Doña Ana?

—Oiga V., Padre, ¿y por qué ha de remorderme la conciencia? ¿Qué culpa tengo yo de que la tal señora se haya muerto? La matarían los diablos y condenados con quienes andaba de tertulia por la noche. Lo que es nosotros nos lavamos las manos. ¡Pues no faltaba más!... Lucidos estaríamos si no pudiésemos pedir lo que se nos debe, por temor de que los tramposos sensibles y delicados se nos murieran. Vaya... si por tan poca cosa diesen los tramposos en la gracia de morirse, España se convertiría en un desierto.

—En un desierto es en el que yo predico predicándote á tí,—dijo por último el Padre Piñón, y selló sus labios.