Tres semanas después de la muerte de su prima, la niña Araceli se volvió á su lugar, acompañada de Respeta y otros criados. La niña Araceli hizo desde luego donación á D. Faustino de sus dos mil duros ahorrados. D. Faustino trató en balde de reconocer aquella deuda y de pagar intereses. De los otros seis mil duros que había Doña Araceli tomado prestados con hipoteca de sus bienes, el Doctor se comprometió en regla á pagar los réditos, para no ser más gravoso á su tía. Tía y sobrino se despidieron con lágrimas y tiernos abrazos, á más de tres leguas del lugar, hasta donde fué el Doctor acompañándola.

Durante la permanencia de Doña Araceli en Villabermeja al lado de su sobrino, á pesar de que éste jamás preguntó por su prima Costanza, Doña Araceli, que era locuaz y expansiva, le informó de que la marquesa de Guadalbarbo era en extremo dichosa. Su marido la adoraba. La fortuna los favorecía. Todo les salía bien. Nadaban en la opulencia. Se habían ido á Londres, donde el marqués tenía negocios de banca, y cada día juntaba más dinero, sin dejar por eso de conservar todas sus fincas en España y aun de comprar otras.

De María es de quien el Doctor hubiera querido saber; pero el único que de algo quizás podría informarle era el padre Piñón, que todo se lo callaba, afirmando que no sabía dónde María había ido.

—Sólo sé—añadía—que te amaba con todo su corazón; que, sin embargo, ha debido abandonarte, y que tal vez no la volverás á ver en esta vida.

Sin madre y sin amiga, sin las dos únicas personas á quienes amaba y respetaba, se halló el Doctor en la soledad más espantosa. Respetilla trataba de entretenerle y distraerle; pero sus noticias y sus chistes no le arrancaban ni una sonrisa. El padre Piñón había intimado con D. Faustino y venía á verle con frecuencia; pero tampoco el padre Piñón penetraba en el alma y en el pensamiento del Doctor. Es cierto que le echaba sus sermones, que le citaba versículos y oraciones y sentencias del Breviario, y que á veces apelaba al sentido común y razonaba con cierta filosofía burda; pero siempre que el Doctor se dignaba dar contestación á todo aquello, solía quedarse el Padre en ayunas de lo que el Doctor decía, figurándosele que no hablaba en castellano, sino en griego. De esta suerte venían á terminar los diálogos entre ambos, quedando el Doctor y el clérigo muy poco satisfechos el uno del otro, aunque buenos amigos.

Imaginó, pues, el Doctor que su espíritu, en lo que tenía de más íntimo y esencial, estaba completamente incomunicado, y que sólo en lo somero, vulgar y casi indiferente se tocaba con otros espíritus. Aquel aislamiento y aquella soledad se le hicieron insufribles. Entonces pensó de nuevo, como ya otras veces había pensado, en la posibilidad de entenderse y comunicar con espíritus que no fuesen de los que tenían cuerpo humano, y en si esto sería factible por otro medio más sutil que la palabra material, que agita el aire y que el aire transmite. Tan grande fué el esfuerzo de su fantasía y su contínua preocupación para lograr esto, que no pocas noches, en el silencio de su retiro, creyó ver á la coya que se destacaba del marco y venía á decirle misteriosos discursos, que penetraban en su alma sin pasar por los oídos, y vió de nuevo el espectro de María que llegaba hasta él y le infundía en la mente y en el corazón sentimientos inefables y conceptos intraducibles en toda lengua humana. Aun así, esto no satisfacía al Doctor.

—Si el mundo de los espíritus existe—calculaba él,—debe de tener más realidad, más ser, más luz y más vida que el mundo de la materia; pero en estas apariciones y visiones, y hasta en las ideas que me comunican, hay tanto de vago, de inconsistente, de incierto, de crepuscular, que sospecho que es un mundo de sombras fantásticas y de quimeras, y no un verdadero mundo espiritual éste en que penetro. ¿Quién sabe? Quizás lo sobrenatural, el espíritu, no esté por fuera, no esté como separado de la naturaleza misma y contraponiéndose á ella. Quizás que la penetre toda y la anime. Quizás hago mal en apartarme de la naturaleza para hallar el secreto que está en ella misma. ¿Será el universo un torrente de vida divina, una revelación sucesiva de las fuerzas permanentes y eternas, un hieroglífico lleno de sentido, donde cada cosa es signo, cifra, representación de algo oculto, y el todo, para quien logre interpretarlo, la solución del enigma? Siendo de este modo, la naturaleza sería el manantial del conocimiento del espíritu. En sus profundidades estaría el misterio divino. Pero ¿cómo sumirse en esas profundidades? Toda la ciencia experimental no traspasa jamás la superficie, la corteza: describe minuciosamente la cifra, y no da la clave para descubrir lo cifrado. ¿Dónde hallar esa clave? ¿La cábala, la magia, la teurgia serán posibles?

El Doctor, á fuerza de no creer en casi nada, empezó á creer un poco en las ciencias ocultas.

Á menudo se quedaba mirando á Faón, cuya compañía era la única que no le cansaba, y sentía deseo de que el podenco se convirtiese en el diablo; pero en seguida negaba resueltamente que el diablo existiese, negando, por lo tanto, la magia negra. La magia blanca, la magia no diabólica, es la que seguía pareciéndole verdadera. El diablo no servía de nada si un fuego, un hálito divino circulaba por el universo todo vivificándole; porque lo ínfimo y lo supremo, lo pequeño y lo grande, este mundo sublunar y toda la inmensidad del espacio poblado de soles debían de estar estrechamente enlazados por aquella fuerza invisible. ¿Y por qué el hombre no había de apoderarse de aquella fuerza? Si penetra y anima el mundo de los cuerpos, la naturaleza toda, ¿dónde ha de ser más enérgica que en la naturaleza humana? Si lo divino se filtra por el universo y es el núcleo y constituye la esencia de las cosas, ¿cómo no ha de estar asimismo en el centro de nuestro ser, en el abismo de nuestra alma? De esta suerte pasaba el Doctor del arte mágica al arte mística. Pero ni en el mundo exterior, penetrando en el seno de la naturaleza con amor y entusiasmo; ni en el mundo interior de su alma, buscando con el mismo entusiasmo y el mismo amor el objeto de su anhelo, abstrayéndose de todo lo exterior, mortificando los sentidos é imponiendo silencio á las pasiones, acertaba el Doctor á descubrir el misterio, á declarar la cifra, á resolver el problema y á proporcionarse un interlocutor que le conviniese é interesase más que el padre Piñón y que Respetilla.

Tal vez le faltaban libros; tal vez ni de magia ni de mística había leído lo bastante, y caminaba á ciegas, queriendo ejercer artes dificilísimas, en las que apenas estaba iniciado.