Aunque sólo fuese por esto, el Doctor necesitaba ir á Madrid.

Por otra parte, lejos de aquel centro del movimiento intelectual, poco ó mucho, que hay en España, no ya sólo serían estériles los trabajos del Doctor, así en la magia como en la mística, en la filosofía y en la poesía, sino también en las demás ciencias, artes y disciplinas más bajas y vulgares, como la política, por ejemplo.

El Doctor, pues, á los seis meses de muerta su madre, impulsado de las antedichas consideraciones, deseoso de acabar de aprenderlo todo, y lleno de ambición difusa y de esperanza confusa de ser cuanto hay que ser, hombre de Estado, poeta, orador, filósofo, sabio, y hasta mago y místico, arregló sus negocios en Villabermeja; jubiló á Respeta, que lo deseaba; puso de aperador á Respetilla; reunió hasta doce mil reales; y con este dinero, después de una tierna despedida del padre Piñón, de Respeta, de Respetilla, del ama Vicenta y del podenco favorito, se plantó en la corte y se fué á vivir á una casa de huéspedes, donde por un duro diario le daban cuarto, cama, luz, almuerzo, comida y cena.

XXVI.

ILUSIONES QUE SE VAN PERDIENDO

Toda, casi toda la poesía, cómica y trágica, que había en la persona del Doctor y en el ambiente que le circundaba, se disipó al salir de Villabermeja. Allí se quedaron los dos uniformes de maestrante y de lancero, el bonete y la muceta, los vestidos de majo, la jaca, el podenco Faón y el fiel escudero Respetilla. Allí no podía menos de quedarse también la noble casa solariega, el castillo de que él era alcaide perpetuo, y la bóveda sepulcral donde yacían sus antepasados. De señorito principal, aunque semiarruinado, medio ermitaño, medio mágico, querido de las mujeres, objeto de adoraciones sublimes y de enconados odios, figura novelesca, que ya podía compararse al Edgardo de Walter Scott, ya al Manfredo de Byron, se transformó en un aventurero más, en un perdido más, de los que vienen á Madrid á buscar fortuna.