Las locuras maravillosas, los conatos de ser teósofo, mágico y místico, pasaron en seguida, preocupada la mente con otras aspiraciones más vulgares. Las visiones y apariciones fantásticas de los espíritus de la coya y de María no se dignaron entrar en la prosaica casa de huéspedes.

Durante muchos años permanecieron vivas, sin embargo, las ilusiones del Doctor, aunque todas, una á una, iban lastimándose y quebrándose en la piedra de toque del éxito.

Como poeta lírico, llegó á publicar algunas composiciones en periódicos literarios; pero la gente estaba ya harta de suspiros, de lamentos y de quejas con sonsonete ó cancamurria, y no hizo caso de los versos del Doctor.

Hizo el Doctor varias tentativas para ser poeta dramático; pero se quedó siempre en las dos ó tres primeras escenas de cada uno de sus dramas. La crítica más despiadada acompañaba en su mente á la inspiración ó á lo que otros llamarían inspiración; y convenciéndole á tiempo de que estaba escribiendo tonterías ó disparates, le forzaba á dejarlos á un lado y á que no los concluyese. El hambre no le apretó jamás por tal arte, que le llevara á proseguir, para ver si el público, más indulgente ó menos juicioso que él, aplaudía lo que él reprobaba, y tomaba por discreto lo que él desechaba por sandio.

Creyéndose capaz de ser un gran poeta épico y de compendiar, cifrar y resumir en una epopeya colosal toda la civilización presente, con iluminaciones, vaticinios y como auroras de la futura, emprendió tres ó cuatro veces la susodicha epopeya; pero no pasó nunca de un centenar de versos. La perversa crítica acudía á su cuarto de la casa de huéspedes y ahuyentaba á las musas á latigazos.

Procuró el Doctor hablar en el Ateneo, y siempre se le trabó la lengua y no acertó á decir nada.

Consiguió entrar de redactor en un periódico; pero no sintiendo ni sabiendo fingir que sentía la pasión política de otros, y siendo además enorme su pereza, tuvo que salirse de la redacción, á fin de que no le echaran por inútil.

Embobado con mil ideas de indefinido progreso, de paz, de bienandanza, de luz y de gloria para el humano linaje en general, y en particular para su patria, se encumbraba á tales alturas, que cuanto acá por la tierra nos divide no le importaba un comino. Lo mismo le daba á él de la monarquía que de la república, de la Constitución de tal año que de la de tal otro, de esta ley electoral que de aquélla, de tal ley de Ayuntamientos que de tal otra. Hasta la libertad, que era lo que más amaba, considerándola como medio y no como fin, no era para él un ídolo á quien no se pudiese en ocasiones dejar de rendir culto y ofrecer sacrificios. Extrañaba, pues, el Doctor tanto frenesí, tanto calor tanto brío como muchos ponían en la contienda, y se daba á sospechar si las opiniones y teorías serían el pretexto, y si el verdadero motivo serían las posiciones. En este punto, á pesar de toda su ilustración, nuestro doctorcito era un bermejino completo, ó mejor dicho, un lugareño español de cualquiera parte, salvo cuatro ó cinco provincias, donde saben querer y saben lo que quieren, y por eso traen á mal traer á las demás, que tienen la voluntad marchita. Lo cierto era, según el Doctor notaba, que cada partido político de los que se disputaban el poder en la prensa y en la tribuna se componía de unos cuantos señores visitantes de la misma casa ó asistentes á la misma tertulia, los cuales no tenían masas de pueblo detrás de sí, salvo varios espoliques que esperaban cabalgar en un buen empleo, ni representaban una respetable colectividad, ni eran como apoderados ó adalides de los altos intereses, ideas, creencias y propósitos de clases enteras. Cada adalid fantaseaba allá en su mente el credo que más le convenía y formaba á su antojo un partido, del cual se hacía jefe. El Doctor se obstinaba en suponer que á casi nadie le interesaba dicho credo más que á los que iban en su virtud á tomar el mando; que el pueblo español no distinguía los matices, sino los colores más vivos y marcados; que, según lo había declarado el gran Donoso, se hartaba pronto de discusiones, de sutilezas y distingos, y sólo gustaba de Barrabás ó de Jesús; y que, para pedir á cualquiera de estas dos tan opuestas personas, no se valía del derecho de petición, ni para proporcionarles un triunfo acudía á las urnas electorales, sino, ó bien no hacía nada, ó echaba mano al trabuco.

Estas y otras consideraciones alejaban al Doctor de la política y le hacían capaz de exclamar, como aquel viajero de un cuento de Voltaire, cuando llegó á Persia, donde ardía la guerra civil, y le preguntaron qué prefería, si el carnero blanco ó el carnero negro, que, con tal de que el carnero estuviese bien asado, el color de la lana importaba poco; que si, ora pidiendo carnero blanco, ora carnero negro, habían de consumir en la lucha todos los otros carneros; y que si, ora pidiendo á Jesús, ora á Barrabás, habían de hacer siempre barrabasadas, más valía que las hiciesen pronto y de común acuerdo, sin pelearse ni arruinarlos á todos.

Si el Doctor se hubiera limitado á sentir y pensar así, aunque nosotros hallamos que hubiera sentido y pensado desatinadamente, no le hubiera sido perjudicial; pero lo peor era la maldita franqueza de su condición, la cual no consentía que se le pudriese en el alma ni sentimiento ni pensamiento alguno, por recóndito que debiera tenerse. De este modo—y por ser tan escéptico en política,—no consiguió jamás ni siquiera ser diputado.