Otra de sus ilusiones, y de las más persistentes y tenaces, fué la de creerse un gran filósofo. Mas por lo mismo que tal se creía, le era más difícil dar á luz escritos filosóficos. ¿Cómo había él de conformarse con ninguno de los sistemas inventados ya en tierras extrañas y sucesivamente de moda en nuestro país? No había de ser tradicionalista ni flamante tomista; y ni Cousin primero, ni Kant, ni Hegel, ni Krause por último, lograron alistarle bajo sus banderas. El Doctor soñaba con sacar á relucir, cuando menos el mundo se lo percatase, un nuevo sistema todo suyo. Así se pasaban los años y no producía nada. Consolábase, no obstante, con una sentencia, que no recordamos bien si es ó no de Aristóteles, por la cual se afirma que hasta bien cumplidos los cincuenta, no llega el hombre á toda la madurez y plenitud de su entendimiento. El Doctor aguardaba, pues, dicha edad para eclipsar á Krause, á Kant y á Hegel.
También, pasado ya algún tiempo, y conservando en el alma, sólo como una dulce memoria que interiormente la iluminaba, la bella imagen de María, trató el Doctor de brillar en la alta sociedad y de ser amado de las damas madrileñas; pero esta ilusión fué más vana que las otras. Todo el toque de la dificultad, todo el busilis de este negocio, según el Doctor había oído decir, estribaba en que alguna muy elevada le quisiese. Las otras le tendrían al punto por hombre digno de amor, y acudirían á él como á la miel las moscas. Por desgracia, no halló el Doctor á ésta que, digámoslo así, había de romper la marcha. No era posible tampoco renovar la estratagema de aquel empresario de la plaza de toros, que en tiempo en que había menos afición que hoy notó que ningún año iba gente á la primera corrida, sino que empezaba la gente á ir á la segunda, y decidió dar principio por la segunda para que hubiera gente desde luego. Lo cierto es que, sin posición, sin el brillo de la gloria ó de la riqueza ó de los mismos triunfos en otros amores, obscuro, algo encogido, pobre como las ratas, pisaverde de casa de huéspedes, en suma, es muy difícil deslumbrar al bello sexo. No se halla á cada paso una princesa del Catay, una Angélica amorosa, que elija por su Medoro á un señorito sin nombre, poco ameno además, y dado á melancolías. El Doctor, por lo tanto, era en Madrid como aquel Leonardo que Camoens nos pinta en Los Lusiadas, tan infortunado en amores, que en la propia isla de Venus, donde todo estaba dispuesto para agasajar y deleitar á los heroicos portugueses, estuvo á pique de no topar con una sola ninfa que se le mostrase piadosa y que no huyera de él como de la peste.
Como el Doctor se acicalaba y vestía con alguna elegancia y esmero, iba á los teatros, á los bailes y reuniones, y hacía de vez en cuando alguna calaverada, por ejemplo, perder quinientos ó mil reales al juego, ó ir á comer ó cenar á una fonda, juzgándose por un instante, en aquella ocasión, un Sardanápalo ninivita, un Baltasar babilónico, un romano de la decadencia ó un mega-duque del Bajo Imperio, siendo esto del Bajo Imperio lo que priva más entre los escritores políticos y moralistas al considerar el lujo y relajación de nuestra edad, y echarla de Juvenales y de Tertulianos severos; y como por otro lado, las poesías líricas, la epopeya, los dramas que no llegaban á concluirse, y el sistema filosófico que no acababa de inventarse, no producían, ni era natural que produjesen, un ochavo, el pobre Doctor estaba casi siempre á la cuarta pregunta. El caudal de Villabermeja (aunque, según á mí me han asegurado, Respetilla era fiel administrador, por más que parezca inverosímil) apenas producía para pagar los réditos de los seis mil duros y enviar mil reales mensuales al Doctor, los cuales desaparecían casi siempre á los tres ó cuatro días de cobrada la letra.
El Doctor, en estos apuros, empezó á contraer deudas; pero era tan inepto en la ciencia práctica del crédito, parte la más esencial de la crematística, que sólo acertó á deber al sastre, al zapatero, al guantero y á la pupilera, que le pedían de continuo que pagase. Entonces, olvidando ya las altas ciencias ocultas á que había pensado consagrar su vida, no pensó el Doctor en más ciencias ocultas que en la crisopeya. Él, que había soñado con descubrir la fuerza íntima, el principio divino que mueve y anima el universo, y apoderarse de él para gobernarlo y dirigirlo todo, se limitó entonces á ver cómo lograba reunir un poco de dinero, y lo peor es que no lo consiguió.
Con este desengaño acabó por lo que acaban otros y por lo que muchos empiezan: por suponer que el presupuesto es el hospicio de los mendigos de levita, la sopa de los conventos para la pobretería ilustrada, y el refugio y el hospital de los pordioseros leídos. El Doctor pretendió un empleo, y al cabo consiguió que se le diesen, de ocho mil reales al año, en el Ministerio de la Gobernación. Unas veces cayendo, otras levantándose, ya repuesto, ya cesante, ya repuesto otra vez, llegó nuestro héroe á tener catorce mil reales de sueldo, catorce años de servicio y diez y siete años de vida de Madrid.
Siempre fué el Doctor un detestable empleado; pero no le faltaron amigos que le sostuvieran en su empleo.
Claro está que otros, con menos capacidad que el Doctor, llegan á directores, á consejeros de Estado y hasta á ministros; así anda ello; pero no es menos claro que lo deben á casualidades dichosas (ya se entiende que no para el país), y no á todos les han de tocar estas casualidades, como no á todos les toca la lotería. Por sus condiciones de carácter y de entendimiento, por su idiosincrasia, como se dice tanto ahora, no era el Doctor de los que por sí, y sin que interviniesen las referidas casualidades, podía ir más allá del punto á donde llegó. Así es que no pasó de dicho punto, y gracias.
Toda esta parte de la vida del Doctor se refiere aquí en compendio y á escape, porque no importa mucho á la acción ó argumento principal de esta verdadera historia, si es que en esta verdadera historia quiere concederme el lector que hay una acción única, con unidad clásica y patente.
Sea como sea, el Doctor Faustino, avergonzado de no ser más que auxiliar en un Ministerio, y esperando siempre el día en que había de elevarse á personaje, no quiso volver á poner los pies en Villabermeja, donde había pasado por un pozo de ciencia, por un prodigio de talento y por uno de los más egregios caballeros, señorones y alcaides perpetuos que jamás han existido. Así llegó á la edad de cuarenta y pico de años, harto maltratado de la suerte, pero nunca desilusionado.
Todas las noches dejaba para la mañana siguiente el poner manos á la obra y el empezar á escribir su gran Tratado de Filosofía, ó concluir su colosal epopeya, ó resollar con alguna peregrina y pasmosa invención que aturdiese á los nacidos. Nada, sin embargo, se realizaba jamás.