Amanecía Dios: el Doctor iba á su oficina á extractar expedientes ó á arrullarles el sueño; comía luego sus pícaros garbanzos, cuando no le convidaban en alguna casa de fuste, y siempre por las noches andaba de tertulia en tertulia. Nadie le quería ni bien ni mal, porque á nadie estorbaba, como no fuese á alguien que desease ser auxiliar como él; pero el Doctor no tenía un solo conocido que desease tan poco, sino que los paisanos deseaban ser ministros ó superintendentes generales de Hacienda en Cuba; y los clérigos, arzobispos; y los militares, capitanes generales y dictadores. Menester hubiera sido que se allanase el Doctor á ir de tertulia á las tiendas de aceite y vinagre para encontrar ya muchos envidiosos. Con tan elástico impulso aupaba el trampolín de la política, y tan rápido iba haciéndose el turno en los altos icarios, que había esperanzas de sobra para cualquier titiritero. El Doctor, en medio de todo, conservaba siempre las suyas, risueñas y halagadoras, y presentía que, sin saber aún por qué, ni cómo, ni cuándo, acabarían las gentes por envidiarle. Con estas esperanzas se distraía y consolaba.

XXVII.

CABOS SUELTOS

No faltará quien halle inverosímil la poca ó ninguna carrera que hizo en Madrid D. Faustino López de Mendoza. Ó D. Faustino era tonto ó no lo era, dirán. Si era tonto, debió pintarle tonto el autor de esta historia; pero como le ha pintado discreto, aunque extravagante, no se comprende cómo no llegó á elevarse en esta sociedad agitadísima y revuelta, donde tan fáciles son las elevaciones.

Contra estos argumentos va ya mucho en el capítulo anterior. Sin embargo, prefiriendo nosotros pasar por pesados á pasar por aficionados á lo inverosímil, vamos á añadir otras razones.

En España está el entendimiento muy repartido: casi no existe la gran masa de tontos utilísimos, mansos, gobernables, industriosos, trabajadores y fáciles de entusiasmar, que existe en otras naciones más dichosas, donde el entendimiento está reconcentrado y como vinculado en pocos hombres.