Hay, pues, en España, muchos más de entendimiento que por ahí en otras tierras; pero en cambio cabemos á bastante menos entendimiento. Apenas si pasa nadie de lo que se llama listo ó travieso. Esta listura ó travesura, no auxiliada por gran saber, porque somos perezosos, no da para lo bueno el fruto que debiera dar; y por otra parte, como son tantos los que la tienen, en mayor ó menor grado, raro es el hombre en quien llega á constituir tal excelencia, que le distinga y eleve con el asentimiento general sobre el nivel de los otros, y le haga apto para el mando. De aquí lo instable de toda dominación y la escasa reverencia con que se mira á quien la ejerce. De aquí además el que haya tantos y tantos que aspiren á ejercerla, creyéndose con títulos iguales ó superiores á los más encumbrados.
En esta perpetua contienda por subir toman parte unos cuantos miles de hombres: el proletario de levita. Como hay, cada año casi, caídas y encumbramientos, llegan á ser personajes los más capaces sin duda; llega á serlo también un tanto por ciento de los meramente listos; pero como los listos abundan, los más se quedan tocando tabletas. Lo que sucede es que de los que se quedan no nos volvemos á acordar y nos parece que no han existido. Sólo de vez en cuando reconocemos y recordamos á tal cual de ellos, antiguo compañero de colegio, de universidad ó de los primeros años de la vida, en alguien que viene cubierto de harapos á pedirnos una limosna ó un empleo de cinco ó seis mil reales, cuando en otro tiempo esperaba llegar á duque ó á príncipe, y aun entendía que se quedaba corto.
Que el carácter de las personas influye mucho en la diversidad de éxitos, es cosa de que no se puede dudar; pero la suerte, el mal llamado acaso, esto es, la combinación y enlace de los sucesos, que no hay mente humana que prevea, influyen más aún. Por lo demás, lo inexplicable, lo misterioso, lo inverosímil en grado superlativo, en cualquiera otro país donde, como en España, no haya privilegios aristocráticos ni valga el capricho de un rey, es el encumbramiento de la gente inepta por todos estilos. Lo que es el que don Faustino se quedase siempre con catorce mil reales de sueldo y no pasase más allá, era natural, verosímil y justo en todo país, sin que por eso tengamos que calificar de idiota, ni de mucho menos, al protagonista de nuestra historia.
El momento de los grandes sucesos que van á terminarla se aproxima ya; pero antes nos parece indispensable atar algunos cabos sueltos; decir algo de lo que sucedió á varios de los personajes más importantes durante los diez y siete años que tan sin dicha perdió en Madrid D. Faustino.
El escribano D. Juan Crisóstomo Gutiérrez murió tranquila y cristianamente en su lecho. El padre Piñón, que le asistió en aquel último trance, exigió de él que se casase con Elvirita. El Escribano se casó, reconociendo y legitimando á un hijo que de Elvirita tenía, llamado Serafinito, á quien ya hemos visto figurar en la introducción de esta historia. Los bienes del Escribano eran tan cuantiosos, que, divididos en partes iguales entre sus tres hijos, bastaron á dejarlos muy ricos á todos.
En el momento de nuestra historia á que hemos llegado, Serafinito permanecía soltero, y Ramoncita hacía años que estaba casada con D. Jerónimo, el cual ejercía con gran éxito y tino la medicina en Villabermeja. Aunque no tenían hijos que extrechasen los lazos conyugales y completasen su dicha, la Médica y el Médico vivían muy felices.
Rosita, á pesar de sus lances con D. Faustino, harto escandalosos para que pudieran olvidarse, era tan graciosa, tan discreta, tan firme de voluntad y tan rica para aquellos lugares, que siguió siendo pretendida de muchos. Sólo de ella dependía el hacer ó no lo que se llama un buen casamiento.
El amor al régimen autonómico, y tal vez el recuerdo de D. Faustino y de su abandono, indujeron á Rosita á que continuase soltera durante algunos años más. Según hemos dicho, Rosita era una hermosura de bronce. Llegó á los treinta, llegó á los treinta y dos, llegó, en fin, á los treinta y ocho, y aun parecía la misma Rosita del día y de la noche de la Nava. Sin embargo, al frisar en los cuarenta, aunque su cara y su limpio y bien formado cuerpo, con el aseo, el ejercicio constante y los aires campesinos, estaban como siempre, sin que la gordura hubiese venido á desfigurarlos, ni una delgadez malsana hubiese impreso en su piel trigueña, delicada y tersa, ni mancha ni arruga, Rosita hubo de tener melancólicos presentimientos de que la vejez empezaba á surgir en las profundidades y abismos de su ser, por más que por la superficie no apareciera. Aquella mocedad, aquella gallardía, aquella gracia que aun conservaba, eran como un milagro de su voluntad enérgica, y el milagro podía tener término. Algunas canas que aparecían entre su negra y hermosa cabellera eran el único signo exterior que le anunciaba la venida de la vejez. Esto bastó, no obstante, para que Rosita pensase con espanto en la vejez, y sobre todo en la vejez solitaria. Un deseo ambicioso de encumbrarse más, de figurar y de lucir fuera de Villabermeja, de triunfos, de esplendores y de conquistas en más vasto teatro, y de deslumbrar aún con la luz de su belleza antes que del todo se eclipsase, se apoderó entonces del alma de Rosita.
Entre sus pretendientes se contaba D. Claudio Martínez, consecuente hombre político, y diputado á Cortes casi perpetuo por el distrito de que formaba parte Villabermeja. D. Claudio había hablado cuatro ó cinco veces sobre Hacienda en las sesiones del Congreso, y había llegado á ser director general en el Ministerio de aquel ramo. Allí se había dado tan buena maña, que había formado un capitalito de un par de millones. Era, pues, un señor de muchas campanillas, un pájaro de cuenta, en potencia propincua de ser ministro, título, banquero, ó las tres cosas.
Solterón de cuarenta y pico de años, estaba bien conservado, y era alegre, servicial y ameno. Trataba con tal llaneza á todos sus electores, les buscaba tantos empleos, y les desempeñaba tantos encargos y comisiones, que era adorado por todo el distrito. Su retrato, ora al óleo, ora en fotografía iluminada, resplandecía en las casas consistoriales de los cinco ó seis pueblos que el distrito formaban. En todos ellos le recibían con repique general de campanas é iluminación cuando volvía de Madrid. En todos ellos se daban comilonas, bailes y giras campestres en su obsequio. Y de todos ellos le enviaban, cuando estaba en Madrid, barriles del mejor vino, piñonate, hojaldres, alfajores, arrope y otra multitud de regalos.