No era Rosita mujer que se dejase deslumbrar por tales grandezas. Cuando no su claro entendimiento, su instinto hubiera sobrado para darle á conocer que D. Claudio era un personaje vulgar; lo que llaman por allá un tío. Á veces le comparaba con el cruel alcaide perpetuo, y éste le parecía aún de oro puro, y el D. Claudio de muy bajo y ruín metal; pero D. Faustino era un dije funesto ó inútil, un primor, una joya que no servía para nada, mientras que D. Claudio era y podía ser un instrumento provechoso para conseguir multitud de cosas y realizar mil gratos ensueños. Rosita concibió la idea de su casamiento con Don Claudio como una sociedad en comandita, donde, unidos capitales y aptitudes, podrían encumbrarse pronto los socios al pináculo de la riqueza y de los honores. Esto la sedujo; y si bien D. Claudio distaba infinito de inspirarle amor, como no le inspiraba repugnancia, Rosita se casó con Don Claudio.
Años hacía que ambos esposos vivían en Madrid, donde Rosita era admirada por su talento y su chiste, y donde aun tenía mil adoradores, aunque ya jamona. La casa de D. Claudio era el centro de lo más ilustre y empingorotado que había en Madrid en la sociedad de medio pelo. Rosita era la lionne, la reina, la emperatriz de las cursis. Lo menos catorce ó quince poetas, simultánea ó sucesivamente, habían hecho de ella su musa, su Laura ó su Beatriz, y le habían compuesto baladas, elegías, cantares y doloras. Rosita procuraba hacer creer que sus amores con todos estos vates habían sido platónicos, y no hay razón para que no la creamos. Propalaban, por último, algunas malas lenguas, que el general Pérez era más dichoso, ó dígase no era, como los poetas, tan severo secuaz del gran filósofo griego en sus amores con Rosita. Ello es que el general Pérez tenía vara alta con todos los ministros, y en particular con el de Hacienda y con el director del Tesoro, cerca de los cuales prestaba todo su apoyo á Don Claudio, quien siempre tenía pendientes de allí una infinidad de enredos, tramoyas y discretas é ingeniosas combinaciones para dislocar el dinero, alzándose con él.
Entre la turba perezosa y torpe
De los demás mortales.
Don Claudio iba aproximándose cada vez más á su ideal, á ser un capitalista, cuya misión en el mundo solía comparar él á la de los grandes pantanos artificiales, donde se reúnen y acumulan las aguas que sirven después para fecundar con su riego inmensos terrenos incultos, antes secos y estériles. Considerándose D. Claudio uno de estos pantanos, trataba de llenarle y llenarse pronto y bien; su mujer, Rosita, le ayudaba como podía.
Don Faustino no había puesto nunca los pies en casa de Rosita; pero la saludaba y era saludado por ella cuando la veía por acaso en paseo, en los teatros ó en alguna tertulia. Jamás se acercaba á ella, ni la hablaba.
Otro personaje importantísimo de nuestra historia, el famoso Joselito el Seco, había tenido un fin trágico, como era de presumir, en cumplimiento de la sentencia ó refrán que dice: quien mal anda, mal acaba. Como Joselito era la providencia de la gente menuda; como su rumbo y su generosidad no tenían límites, y como las dos terceras partes de lo que ganaba en su oficio las repartía caritativamente entre los pobres, gastando lo restante con esplendidez de gran señor, no había arriero que no le idolatrase, ni ventero ni casero que no le amparase ni ocultase, ni coplero rústico que no le celebrase en sus coplas, ni señorito de lugar que no procurase ser su amigo, llevado de la cuenta que le tenía, y aun de la admiración sincera que sus hazañas, altas caballerías y estupendas magnificencias inspiraban. Entre el vulgo de Andalucía gozaba, pues, Joselito de tanta popularidad como D. Claudio entre sus electores. Así es que no había medio de cogerle, ni vivo ni muerto, seguía haciendo de las suyas, paseándose por todas partes como por su casa, y campando, en suma, por sus respetos.
De este modo hubiera continuado quizás, aunque hubiese vivido más años que Matusalén, si no acontece lo que vamos á referir ahora, valiéndonos de una carta de Respetilla á su amo, que trasladamos aquí con fidelidad y exactitud.
Dice la carta:
»Villabermeja entera está indignada con lo ocurrido á Joselito el Seco. Voy á contárselo á su merced, porque debe interesarle. Permítame su merced que tome las cosas de muy atrás para que lo entienda todo.
»Joselito era tan bueno y tan escrupuloso, que no se apoderaba de nada de los pobres. Perseguido además en estos últimos años por la Guardia civil, no lograba proporcionarse recursos suficientes y andaba muy apurado.