»En sus apuros acudió á un amigo rico, al Alcalde de..., en la provincia de Málaga, y le rogó con muy buenos modos que le enviase tres mil reales á su casería, por donde él pasaría á recogerlos. El Alcalde envió sin dificultad los tres mil reales. Al mes volvió Joselito á sus apuros: pidió otros tres mil reales y los obtuvo también. Poco después pidió cuatro mil. El Alcalde hizo sus observaciones; resistió bastante; pero al cabo entregó los cuatro mil reales que Joselito le pedía. Así siguieron, Joselito pidiendo y el Alcalde dando, hasta que llegó la séptima petición. El Alcalde entonces hubo de sulfurarse. El mismo diablo sin duda le inspiró una idea terrible.

»Escribió á Joselito diciéndole, como de costumbre, que el dinero estaría á su disposición en la casería en tal día y á tal hora; que fuese allí á buscarle; pero el Alcalde, en vez de enviar el dinero, envió á la casería con gran sigilo y recato veinte certeros tiradores, los más famosos que pudo hallar.

»La casería, como muchas de estas tierras, formaba un cuadrado perfecto. El lado de frente ó de la fachada era la habitación de los señores para cuando iban allí á pasar una temporada; en el lado derecho estaban las caballerizas y el tinado para los bueyes; en el lado izquierdo, las bodegas, y á la espalda, el lagar y el molino aceitero. En el centro había un ancho patio interior, sobre el cual daban muchas ventanas de los cuatros cuerpos ó lados de la fábrica. En dichas ventanas se colocaron los tiradores con las escopetas prevenidas y bien cargadas. El casero, hombre de mucho estómago y de toda confianza, se había comprometido á introducir á Joselito y á su tropa en el patio, á meterse luego en la casa y á dejarlos encerrados allí, donde los de las escopetas los habían de freir á tiros.

»El plan era tan hábil, que ya el Alcalde daba por segura la muerte de todos los ladrones, y creía tocar los laureles que iban á prodigarle por haber librado á las gentes de aquel sobresalto continuo.

»Dios, sin embargo, lo dispuso de otra manera. Cuando Joselito iba á entrar con su cuadrilla en la casería y en el patio, tuvo cierto recelo, y miró al casero con fija atención. Este perdió la serenidad y se puso más amarillo que la cera. No fué menester más. Joselito sospechó la trama. Conoció, como si lo viese, que había dentro gente oculta para matarle y matar á sus camaradas. Joselito era generoso. Supuso que el casero cumplía con las órdenes de su amo, y le dejó vivo; pero no consintió que ninguno de los suyos entrase en la casería. Todos ellos se fueron sin entrar.

»Joselito juró vengarse del Alcalde. Harto calculaba éste que, después del mal éxito de su plan, corría el peligro de que Joselito le asesinase. El Alcalde se amilanó de tal modo, que no salía del lugar. Apenas salía de su casa, sino á las horas en que hay más gente en las calles y tomando mil precauciones.

»Nada bastó á libertarle. Una noche, entre nueve y diez, entró Joselito á pie en el lugar con ocho de su partida. Lleno de atrevimiento, se fué como un rayo á casa del Alcalde. Entró en ella cuando nadie sospechaba que pudiera venir. Sus compañeros maniataron, ataron lienzos á la boca y amedrentaron á los criados y á las criadas para que no se defendiesen ni chillasen. Joselito halló solo y de improviso al Alcalde en su despacho.

»—Encomiéndate á Dios á galope—le dijo—, y reza el credo. No quiero que se pierda tu alma. Lo que es con tu cuerpo y con tu vida vas á pagar ahora la traición que me hiciste.

»El Alcalde, que conocía bien á Joselito, se persuadió de que no había remedio. Los ruegos no hubieran valido de nada. La resistencia era inútil también. Joselito le apuntaba con su trabuco, cuya boca casi le tocaba en la sien. Al menor movimiento hubiera Joselito disparado. El Alcalde, pues, tomó el partido de guardar un digno silencio.

»Pasado un minuto, y calculando ya Joselito que el Alcalde se había encomendado á Dios pidiéndole perdón de sus culpas, volvió á decir: