»Así andaban las cosas, cuando el gobernador de esta provincia discurrió una abominable traición, viendo que Joselito era invencible en buena lid. Ajustó la muerte de Joselito con un malvado criminal, á quien tenía en la cárcel y á quien dió libertad, haciendo correr la voz de que se había escapado. Este traidor se unió á la partida de Joselito, ganó la voluntad de aquel bandido tan caballero y una noche le asesinó mientras dormía. Imagine su merced, señorito, cuán grande y cuán justa será con este motivo la indignación de Villabermeja.«Respetilla, acostumbrado á mirar como héroes á los bandidos, sobre cuyas hazañas sabía de memoria no pocos romances, se extendía después en lamentar la muerte de Joselito, en condenar la traición que contra él se había empleado, y en celebrar sus virtudes. En obsequio de la brevedad, nos parece justo suprimir todo esto, limitándonos á afirmar que Respetilla no había leído libro alguno socialista, fatalista ni determinista moderno, y que era eco de las ideas vulgares más rancias y castizas, cuando disculpaba á Joselito de sus crímenes, atribuyéndolo todo al sino y al pícaro mundo; esto es, á la organización fatal del individuo y á las faltas, vicios y durezas de la sociedad en que vive. No nos gusta sermonear en novelas: de un hecho singular sabemos que no deben sacarse consecuencias; pero el deplorable entusiasmo que entre los rústicos y lugareños suelen inspirar los bandoleros y foragidos es tan general y evidente, que á voces proclama que no son ideas nuevas y exóticas, sino resabios antiguos los que le producen, contra los cuales más han de valer la ilustración y la difusión de las buenas doctrinas filosóficas, que la santa ignorancia que suponen muchos que existe y que se debe conservar como oro en paño.
Doña Araceli había muerto también, siete años hacía. La buena señora, sin dolores, sin violencia, con aquel mismo amor suave, que era el fondo de su carácter, había exhalado el último aliento, quedando exánime como un pajarito. En su testamento no se olvidó del querido sobrino de Villabermeja y le dejó en herencia los seis mil duros de la deuda; pero el manirroto de D. Faustino había contraído ya otra deuda mucho mayor para poder seguir viviendo en Madrid con sus pocos recursos.
De María nada volvió á saber D. Faustino, ni antes ni después de la muerte del padre de ella. El único que en Villabermeja debía saber su paradero era el padre Piñón; pero éste nada quería declarar, por más que en varias ocasiones el Doctor le había escrito preguntando.
Había habido un personaje bermejino, del que hemos hablado en la introducción, sobre el cual recayeron en otro tiempo las sospechas del Doctor de que hubiese sido el velador, ocultador y defensor de María. Era este personaje el cura Fernández; pero el cura Fernández hacía mucho tiempo que no existía. Averiguada con exactitud por el Doctor la fecha de su muerte, aparecía posible que él hubiese sido el embozado que tuvo con Joselito la conferencia de que resultó su libertad. Á poco hubo de morir el cura Fernández. ¿Dónde estaba, pues, María?
El lector no puede haber olvidado al personaje principal de la introducción; al verdadero narrador de esta historia, que yo me limito á repetir á mi manera; el famoso D. Juan Fresco, sobrino del célebre cura. ¿Sospechará quizás el lector que María se había ido á América y había buscado un refugio cerca de D. Juan Fresco?
El lector perspicaz quizás lo sospeche; pero Don Faustino no podía sospecharlo. D. Juan Fresco no tenía más parientes cercanos que el cura Fernández; no había escrito á nadie; no conservaba relaciones en Villabermeja y nadie le recordaba.
El Doctor, que, para averiguar todo lo que con María se relacionase, había hecho mil indagaciones, sólo había puesto en claro que Joselito era huérfano de padre y madre cuando á la edad de cuatro años le recogieron en el convento, y que su madre, allá en su mocedad primera, quince años antes de que Joselito naciese, había tenido otro hijo, que se había ido á tierras muy lejanas y de quien hacía cerca de medio siglo que nada se sabía. El Doctor no imaginaba siquiera que este otro hijo mayor hubiese llegado á ser un Creso.
Ya hemos dicho que, convencido D. Faustino de que sólo el padre Piñón sabía el paradero de María, le había escrito varias veces pidiéndole noticias. Siempre se había negado á darlas el padre Piñón. Al fin, en una carta que recientemente había recibido D. Faustino, el Padre era más explícito y se explicaba de este modo:
«Mil y mil veces te lo tengo dicho: sé dónde está María, mas no puedo revelártelo. Conténtate con saber que vive, que siempre te ama, que merece siempre que la llames tu inmortal amiga.
»El ser hija de quien era, y la consideración de que tú, movido de la ambición y de la inconstancia propia de la edad juvenil, pudieras desdeñarla y hasta aborrecerla, la excitaron á apartarse de tí.