»En esta resolución persiste todavía, si bien amándote siempre. Tal vez no alimenta otra esperanza que la de unirse contigo en otra vida mejor.

»Una idea extraña, poco católica, tiene la pobre María. Dios se la perdone. Ella es tan buena, que merece el perdón de Dios. Dios me perdone á mí también, que disculpo su delirio, por el mucho afecto que la profeso. María sigue creyendo que tú y ella os habéis amado siempre en otras existencias; que vuestros espíritus están y seguirán enlazados siempre, por siglos, y que esta vida que ahora vivís es de prueba para los dos.

»Cree María que hay algo en tí que no eres tú; algo que no es tu esencia, que no es tu alma, sino tu organismo, tu ser material, el medio en que vives, el ambiente que respiras, la sociedad que te rodea, la cual no es favorable, en la vida que vivís ahora, á vuestros inmortales amores.

»Llevada, sin embargo, hacia tí por un impulso irresistible, María fué tuya. Ahora teme, por lo mismo, volver á verte. Si se reuniera contigo y algún acto lamentable os separase, poniendo enemistad entre vosotros, la unión de vuestros espíritus, que ella cree que ha de trascender á vidas ulteriores, se rompería quizás para siempre y ocurriría un divorcio eterno. «Prefiero—dice,—al eterno divorcio no verle más, no gozar de su compañía, no volver á ser suya en esta vida terrena».

»María, con todo, se muestra más confiada en otras ocasiones, y hasta concibe cierta leve esperanza de poder unirse contigo en esta vida, sin temor del divorcio eterno, cuando te halles desengañado, cuando el dolor purifique tu alma, cuando las ilusiones que te ciegan y perturban se desvanezcan del todo».

Esto decía el padre Piñón en su última carta, y éstas eran las únicas noticias que de María había recibido el Doctor Faustino, quien seguía su vida madrileña, siendo poco más que escribiente, y mal escribiente, á las horas de oficina; por la noche, pisaverde que iba de tertulia en tertulia; y, cuando se quedaba á solas consigo, filósofo, poeta y soñador ambicioso: en suma, si bien seguía amando poéticamente el dulce recuerdo de su amiga inmortal, distaba mucho aún de consentir en trocarle por la posesión real de aquella hermosa y enamorada mujer, si había de dar en cambio todas sus ilusiones, que él no creía tales.