Lo que más la molestaba, lo que más hería su orgullo era la majestad del General, su creencia mal disimulada de que casi la honraba pretendiéndola y sufriendo sus desdenes. Ella, que se creía por cima de todos los generales; ella, que sabía que la riqueza y la posición de su marido no dependían del favor de ningún repúblico ó gobernante poderoso; ella, que comprendía que su marido no necesitaba del Ministro de Hacienda, sino que en todo caso, el Ministro de Hacienda necesitaría de su marido, perdía la serenidad y se mordía los labios de rabia cuando el general Pérez se le acercaba hasta con aire de protección y como diciéndole:—Admírese V.: ¿qué no valdrá V., cuán grande no será mi amor, cuando sufro tanto, siendo quien soy y pudiendo cuanto puedo?
Acudía por entonces á casa de Costancita todas las noches de tertulia, y venía asimismo á comer una vez por semana, nuestro protagonista, su desdeñado primo, D. Faustino López de Mendoza.
La suerte habíale mostrado siempre tan adusto ceño, que D. Faustino, á pesar de sus ilusiones, había acabado por crearse un carácter del todo contrario al del general Pérez. Se había hecho tímido, desconfiado, modesto y encogido. Su humildad le dió cierto encanto á los ojos de Costancita y le ganó las simpatías del Marqués de Guadalbarbo, quien llegó á hacer de él los mayores elogios y á sacarle siempre á relucir como ejemplo de los caprichos é injusticias del destino, que le tenía en tan bajo lugar, mientras que había encumbrado á tanto zopenco.
Costancita en un principio contradecía á su marido, sosteniendo que el no haber hecho carrera D. Faustino era por culpa de su carácter, hallando y marcando en él infinidad de defectos; pero el Marqués propendía á probar que no había tales defectos, sino que todas eran excelencias y perfecciones. La Marquesa se fué poco á poco convenciendo de lo que su marido afirmaba. De esta suerte, el Doctor Faustino vino al fin á parecerle un sabio marchito en flor, un león á quien han cortado las uñas, un genio á quien han arrancado las alas pujantes con que iba á encumbrarse al empíreo.
¿Y quién había sido la maga maléfica, la hechicera traidora que había hecho tan impía y bárbara amputación de alas y de uñas? Costancita se dió á cavilar en esto y á sentir remordimientos que hasta entonces no había sentido, y á considerarse bastante culpada.
Entonces recordó con ternura, con cierta tristeza entre dulce y amarga, con lánguida y morosa delectación, las veladas y los coloquios por las rejas del jardín, las lágrimas que vertió la noche de las calabazas, el beso humilde y manso que le dió en la frente su primo en pago de la herida que ella le hacía en el alma; y creyó oir el murmullo de la fuente de su jardín, y se sintió en la amena soledad nocturna, y vió el sereno cielo de Andalucía tachonado de mil y mil claras estrellas, y aspiró embriagada el perfume de aquel azahar y de aquellas violetas. Todo esto, poetizado, hermoseado, sublimado por la distancia, acudía á la memoria como cuento de hadas, con destellos refulgentes, con el encanto de la primera juventud, evocada por el recuerdo.
Una piedad infinita penetraba en el corazón de la Marquesa. Quizás ella había torcido la suerte de Faustino. Amado por ella, animado, estimulado por ella, Faustino hubiera realizado todos sus sueños de gloria. Sus ilusiones hubieran sido realidades. Ella quizás había tronchado aquella flor cuando se abría al blando soplo de las más nobles esperanzas; ella quizás había destrozado las alas de aquel genio; ella quizás había roto las mágicas cuerdas de aquella melodiosa arpa, arrojándola después en un rincón, como el arpa de los versos de Becker.
Forjábase entonces la Marquesa una existencia fantástica, mil veces más bella que la que había pasado. Se representaba á sí misma como la musa, el impulso, la inspiración, el resorte enérgico y fecundo en milagros y creaciones, de un hombre que tal vez hubiera llenado de gloria á su patria. Esto le pareció más bello, más poético, más noble que todos los casos, lances y sucesos de su vida real.
Por primera vez, allá en lo íntimo de su conciencia, sin atreverse á confesárselo con claridad, columbrándolo apenas, pensó Costancita que sólo el egoísmo, el miserable interés, el ansia de goces materiales, el afán del lujo y la vanidad la habían guiado y arrastrado á preferir á Faustino al Marqués de Guadalbarbo.
Costancita, con todo, no había coqueteado aún en Madrid con D. Faustino. Costancita seguía amando y reverenciando al Marqués. Y D. Faustino, tan castigado por la mala ventura, no soñaba en que su prima, que no le quiso en su tierra, pudiera quererle ahora, cuando ya el indigno misterio de su porvenir estaba claro; cuando ya se había demostrado con el éxito todo lo vano, infundado y falto de ser de sus esperanzas y de sus planes de glorias y triunfos.