Sin embargo, estimulada Costancita por las asiduas pretensiones del general Pérez, concibió una idea de todos los diablos. El Marqués no había de echar de su lado al General. Cualquier coqueteo con otro personaje de primera magnitud no haría sino darle picón y entusiasmarle más todavía. El modo de ahuyentar al General y de vengarse de él, humillando su soberbia, era buscarle un rival obscuro, modesto, á quien ella, con su omnipotencia de gran señora, realzaría por medio de una mirada, por el conjuro de un favor. Así remedaría Costancita á Dios mismo, arrojando del encumbrado sitial al poderoso y exaltando al humilde. Costancita se resolvió, pues, á dar aliento á su pobre primo, á sacarle de aquella postración y abatimiento en que se hallaba, á hacerle sentir lo que valía, y á ponérsele como rival y contrario al engreído General, á ver si reventaba de furor al verse suplantado por un empleadillo de catorce mil reales, por poco más de un escribiente; á ella además le parecía que aquel escribiente, aquel empleadillo de catorce mil reales, valía mil veces más por todos estilos que el general Pérez, con todas sus conquistas, y que ella no necesitaba que la gloria y la fama del general Pérez ni de nadie reflejasen en su persona para esclarecerla. Costancita se creía con sobrado esplendor propio para brillar por sí, para iluminar, hermosear y ensalzar cuanto se le acercase.
XXIX.
Á SECRETO AGRAVIO, SECRETA VENGANZA
El Marqués de Guadalbarbo estaba cada día más dispuesto á coadyuvar, sin saberlo, al diabólico propósito de Costancita.
El entono y la arrogancia que tenían, ó que él imaginaba que tenían, los personajes más eminentes de Madrid, parecíanle tan injustificados, que apenas si los podía sufrir. Admirador el Marqués del buen orden, grandeza y florecimiento de la Gran Bretaña y de otros Estados de Europa, lamentaba como nadie el atraso, el desorden y el desgobierno de su patria. Imaginaba, pues, que nuestros próceres y repúblicos, lejos de mostrarse soberbios debían estar avergonzados de su ineptitud y llenos de la humildad más profunda.
El Marqués, como casi todos los hombres cuyos negocios prosperan, sobre todo si no tienen que acusarse de bajezas ni de bellaquerías, estaba dotado de un amor propio colosal, y naturalmente le molestaba el de los otros, que ni con mucho se le antojaba tan fundado.