Jamás había leído el Marqués el curiosísimo libro del padre Peñalosa, titulado Cinco excelencias del español que despueblan á España; mas aunque le hubiera leído, no cabía en la índole de su entendimiento el creer la singular teoría de aquel ingenioso fraile; el cual daba por seguro que por ser los españoles tan hidalgos, tan católicos, tan realistas, tan generosos y tan guerreros, están siempre tan perdidos. Así es que la perdición, según el Marqués, provenía de malas y no de buenas cualidades; por donde no cesaba de gruñir y de censurar á sus paisanos, si bien descargaba los rayos de su censura sobre las eminencias y se mostraba benévolo é indulgente con los humildes y poco afortunados.

Como entre estos últimos se contaba el primito D. Faustino, el Marqués sentía por él, según ya hemos dicho, una singular predilección, que iba en aumento siempre. La prevención con que había mirado al primito, cuando le conoció en Andalucía se había disipado por completo. La petulancia de la primera juventud, los alardes de impiedad y descreimiento, y otras faltas de Don Faustino, se habían enmendado con los años y los desengaños. Y por otra parte, el Marqués distaba mucho de ver ya en Don Faustino, como había visto en otro tiempo, á un rival que venía á robarle sus amores; antes bien veía ahora á un joven infeliz, de quien él había triunfado, y cuyo valer y nobles prendas, mientras en más se estimasen, daban más precio, mérito é importancia á su victoria. Cuanto más alto ponía el Marqués á D. Faustino, allá en su imaginación, tanto más ensalzaba el afecto y la libre decisión de Costancita al desdeñar á D. Faustino y al preferirle á él.

En tal estado las cosas, las visitas del Doctor á su prima menudeaban cada vez más; y si por cualquier motivo nuestro héroe no parecía durante dos ó tres días por casa del Marqués, el Marqués le buscaba ó le escribía llamándole.

Entre tanto, el infatigable general Pérez, verdadero poliorcetes amoroso de nuestro siglo, aunque había sido rechazado en todos sus asaltos, arremetidas y ataques, seguía con regularidad y sin interrupción el cerco de la plaza. Como era un señor de tanto fuste, respeto y soberbia, nadie se atrevía casi á acercarse y á hablar con Costancita, considerándolo tiempo perdido, merced á aquel tremendo espantajo. El general Pérez, con sus miradas y con andar siempre en torno de Costancita, hacía una perpetua declaración de bloqueo. Claro está que los galanes de Madrid no se arredraban por temor de que el general Pérez se los comiera crudos, ni mucho menos; pero cuando veían á un conquistador como él tan empeñado en aquella empresa, sin desmayarse ni retirarse, tal vez suponían que no era tan mal recibido, y no había uno que se atreviese á presentarse como rival para salir derrotado.

Costancita, más harta cada día, empezó á ponerse fuera de sí al ver que el cerco se estrechaba y que la incomunicación en que el general Pérez quería tenerla iba poco á poco realizándose.

El propio D. Faustino, con la modestia y la timidez que su mala ventura le había infundido, sospechó, no que su prima amase al General y estuviese con él en relaciones, sino que se deleitaba y enorgullecía de la asidua corte de tan eminente personaje. Así es que, no bien veía al General al lado de la Marquesa, juzgaba atinado y prudente irse por otra parte á fin de no estorbar. Costancita rabiaba y se desesperaba más con esto, allá en su interior. El resultado era que hacía extremos cariñosos por su primo, que le miraba con ojos llenos de ternura, que le apretaba la mano con efusión, y que hasta le hacía elogios á cada paso; pero al Doctor se le metió en la cabeza que todo ello era compasión, bondad, deseo de levantarle un poco de la postración en que se hallaba; quizás algo de leve remordimiento por las crueles calabazas que Costancita le había dado en otra época.

La Marquesa de Guadalbarbo empezó á picarse no menos de esta impasibilidad del Doctor que de la persecución sin tregua del General. Sin poder contenerse, vino entonces á hacer más declarados favores á su primo; pero, por declarados que fuesen, el Doctor, ó se los explicaba, como antes, por la compasión, ó se daba á cavilar en una cosa que desechaba luego como un mal pensamiento, si bien volvía á su imaginación con persistencia.—¿Querrá mi prima, se decía, que yo le sirva de pantalla para que lo del General no se perciba tanto?

Lo cierto es que esta conducta de D. Faustino, seguida instintivamente en fuerza de lo abatido y descorazonado que se hallaba, hubiera sido, seguida con toda reflexión y cálculo por un seductor de oficio, la más hábil y la más á propósito para rendir á Costancita.

Costancita continuó, pues, favoreciendo á su primo por todos aquellos medios indefinibles, vagos y poéticos, que á veces hasta las mujeres tontas y vulgares saben emplear, si el amor ó el deseo de ser amadas las inspira, y que la Marquesa de Guadalbarbo, tan entendida, tan elegante, tan artista en todo, empleaba de una manera deliciosa. El Doctor no se creyó amado aún; pero empezó á recordar los antiguos amores y á pintarse en el alma los coloquios de la reja del jardín con todas sus circunstancias, y á creer que amaba aún á Costancita, á pesar de María.

Esta nueva situación del ánimo del Doctor se hizo patente muy pronto á los ojos de la Marquesa, quien advirtió en su primo una dulzura de expresión muy grande cuando la miraba, una gratitud profunda cuando ella hacía de él algún encomio, y un cuidado y una solicitud rebosando sencilla y natural galantería para hacer por ella mil pequeños servicios. En persona tan distraída como el Doctor, y que tanto distaba de ejercer tales artes por costumbre, casi, casi era esto una semideclaración de amor.