Como se pasaba cuatro ó cinco horas diarias en la oficina extractando expedientes, y luego otras tantas en la soledad de su cuartucho del pupilaje, tratando en balde de dar ser á su epopeya ó de componer su nuevo sistema filosófico, el Doctor se creía trasladado al cielo desde el purgatorio cuando entraba en aquellos elegantes y ricos salones, donde los criados le trataban con una consideración de que no había gozado desde que salió de Villabermeja; donde todo despedía dulce olor; donde había tantas cosas bonitas, y donde, sobre todo, hallaba á una tan bella mujer y tan aristocrática, que se interesaba por él, que le preguntaba por su salud con verdadero afecto, que deseaba leer sus versos y saber sus filosofías, y que hacía todo esto de un modo tan llano y tan discreto, que no advertía jamás el Doctor, aunque era muy caviloso, que hubiera afectación en nada, ni que hubiera sensiblería, ni pedantería, ni que pudiera aparecer el más ligero asomo de ridículo.
Sentía el Doctor tanto bienestar y consolación tan suave en casa de Costancita, y en este punto de sus relaciones con ella, que estaba como el enfermo cuando halla una postura cómoda y grata, tiene miedo de perderla y no se atreve á moverse, ó como quien ha tenido un sueño beatífico, cuando se despierta y procura colocarse del mismo modo y conciliar el sueño de nuevo para que se repitan idénticas visiones. En suma, el Doctor se contentaba con aquello, y no aspiraba á más por miedo de perderlo todo.
Una de las noches en que recibía la Marquesa, en el mes de Mayo, el general Pérez estuvo pesado y atrevido como nunca; se quejó de que la Marquesa no le recibía sino los días de recepción, y se obstinó en alcanzar una cita.
—Yo tengo que hablar á V. con cierto reposo—dijo á la Marquesa.—Esto es terrible. Aquí tiene V. que hacer los honores, y con ese pretexto no me hace V. caso; no me oye nunca; cualquier majadero que se acerca me interrumpe en lo mejor de mi discurso. Oigame V. antes de condenarme. Á nadie se le condena sin oírle.
—Pero, General—contestó Costancita, si yo no le condeno á V., si yo le oigo; ¿de qué se queja?
—Es V. muy cruel. V. se burla de mí.
—No me burlo.
—¿Por qué no me recibe V. cuando vengo de día?
—Porque de día no recibo más que los martes. Venga V. cualquier martes y le recibiré.
—Eso es; me recibirá V. como á cualquiera otro.