—¿Y qué derecho tiene V. á que yo le reciba de diferente manera?
—¡Ingrata! ¿Y mi afecto y mi amistad y mi admiración no me dan derecho?
—Por eso mismo quizás debo resistirme á recibir á V. Es V. muy peligroso,—dijo Costancita riendo.
—¿Lo ve V.? Se ríe V. de mí, Marquesa.
—No me río de V.; pero no debo recibirle. Por lo mismo que V. me hace la corte con tanta asiduidad, no debo recibir á V. para no dar ocasión á la maledicencia.
—Nadie dirá nada. Recíbame V. una vez sola. Su reputación de V. está tan bien sentada, que no murmurará nadie.
—Mire V.—dijo Costancita un poco contrariada de que el General tomase por lo serio aquella excusa,—harto sé que mi reputación no puede ni debe depender de tan poco. V. quiere verme mañana, cuando no recibo á los demás mortales. Pues sea. Venga V. mañana. De tres á cuatro. Encargaré á los criados que le dejen entrar.
—¿Y nada más que á mí solo?
—Nada más que á V. solo.
Dicho esto, la Marquesa se fué hacia otra parte, dejando satisfecho al general Pérez, aunque acababa de darle la cita para que no creyese que temía avistarse con él á solas, ó para que no presumiese que su reputación pendía de tan poco, que fuera á perderla por recibirle.