El general Pérez, como todo lo convertía en substancia, se quedó muy hueco. Allá, en el fondo de su alma, imaginaba él y pintaba con vivísimos colores una lucha muy brava que el amor y la virtud se estaban dando en el corazón de Costancita por culpa suya. La concesión de la cita le pareció una gran victoria del amor. No comprendió que Costancita había cedido á fin de demostrarle que él era para ella un hombre sin consecuencia. El General la había estrechado tanto, que negándose á recibirle, hubiera sido como decir con la Leonor de El Trovador:

Libértame de tí; si por tí tiemblo,
por tí, por mi virtud... ¿no es harto triunfo?

Por no aparecer en la mente del General como diciendo estos dos versos, pasó Costancita por la mortificación de verle y oirle á solas.

El General no faltó á la cita. Aunque había sido siempre con otra clase de mujeres imitador ó émulo del joven Tarquino, ya sabía él, á pesar de su fatuidad, con quién se las había, y estuvo respetuoso, almibarado, humilde y rendido. Costancita, con más primores y discreteos que otras, dijo en aquella ocasión lo que en ocasiones semejantes dicen siempre todas las mujeres: que estimaba al General, que sentía por él una amistad viva, que le agradecía lo mucho que la distinguía; pero que á nadie amaba de amor, y que en este punto debía el General perder toda esperanza.

El desengaño dado por Costancita no pudo ser más explícito ni más claro. La vanidad del General no quería, con todo, recibirle. El General siguió viendo en espíritu el rudo combate entre el honor y la virtud, el amor y la castidad, que destrozaban el alma de Costancita; casi tuvo compasión de aquel tumulto de pasiones que había suscitado, y por un arranque de generosidad se decidió á tener calma, á encaminar las cosas suavemente y á no entrar en la plaza por asalto, llevándolo todo á sangre y fuego. El General se propuso ser magnánimo, usar de misericordia y venir de diario á moler á Costancita, mostrándose más fino que un coral y más dulce que una arropía.

La Marquesa de Guadalbarbo no acertaba á librarse de aquellas visitas impertinentes, que tanto la molestaban. En su orgullo, no quería decir al General que no viniese á verla á menudo para no comprometerla; y no había medio tampoco de hacerle comprender que sus visitas la aburrían. En esta situación, el medio de osear al moscón del General, valiéndose del Doctor Faustino, se le hizo á Costancita más deseable que nunca. Su primo, por otro lado, iba ganando cada vez más en su corazón.

Un día, de sobremesa, mientras que el Marqués hablaba de política con otros convidados, Costancita y el Doctor tuvieron el diálogo siguiente:

—¿Es posible, Faustino, que tengas tan mala opinión de mí y que me creas tan vana y tan poco orgullosa á la vez, que supongas que me complazco en la corte que me hace el general Pérez? ¿Qué lustre me doy con eso? ¿Necesito yo del General para algo? Mil veces te he dicho que me aburre, que me molesta, que no puedo sufrirlo, y tú me oyes siempre con visibles muestras de incredulidad.

—Francamente, prima—contestó el Doctor,—te lo diré, aunque te enojes: yo no comprendo que el General esté hecho tan á prueba de desdenes. Cuando viene á verte casi todos los días, cuando está siempre donde tú estás, cuando se consagra á adorarte de continuo, no se verá tan mal tratado.

—Pues se ve; pero él trueca siempre en favores los desvíos, en esperanzas los desengaños y en triaca el veneno. Como no le eche á puntapiés, se me figura á veces que no tengo medio de echarle.