—Ya le echarías, si quisieses—dijo el Doctor.

—Pues quiero—respondió Costancita. ¿Te prestas á ayudarme en la empresa?

—Con mucho gusto. No hay mayor felicidad para mí que la de poder ser útil en algo á mi linda prima, que es tan buena y tan cariñosa conmigo.

—Bien está. Ya sabes tú cuánto te agradezco el afecto que me tienes, cuánto te agradezco tu generosa amistad. ¡Qué noble eres, Faustino! Tú deberías guardarme rencor, y no me lo guardas.

—¿Y por qué guardarte rencor? No recuerdo yo la despedida por la reja, de hace tantos años, sino para confesarme que tuviste razón en despedirme. La experiencia de mi vida, mi obscuridad, mi miseria, el mal éxito de mis propósitos, han justificado la prudencia y previsión de tu padre. Hubiera sido una locura que hubieras unido tu suerte á la mía. No me quejo, pues; antes bien te agradezco y guardo en el corazón, como el recuerdo más bello de mi vida, la pura esencia de aquellas lágrimas que por mí derramaste, y el delicado aroma en que se bañaron mis labios cuando por primera y última vez tocaron tu serena frente. Pero no hablemos de esto. Vamos á lo que más importa. ¿Qué pides? ¿Qué mandas?

—Yo no mando nada: yo te suplico que vengas mañana á verme.

—¿Á qué hora?

—Ven á las dos y media. Que no faltes.

Costancita citó al Doctor para media hora antes de la hora en que el general Pérez solía venir á verla casi todos los días.

Bien sabe el autor ó narrador de esta historia que aquí, como en otros pasajes de ella, han de incomodarse los lectores con el héroe principal, de quien exigen en novela una fidelidad y una constancia prodigiosas, y á quien han de condenar porque ya amaba á María, ya á Costancita, ya á las dos á la vez, y porque amó durante algunos días á la misma Rosita; pero tire contra él la primera piedra quien en la vida real haya tenido menos variaciones, y menos fundadas variaciones en sus amores. El desdichado Doctor Faustino había perdido á María quizás para siempre, por motivos que el hado adverso había creado. Harto había amado á María, harto había guardado y guardaba su imagen en el centro del alma, levantándole allí altar como en un santuario; pero también había amado á su prima Costanza antes de conocer á María, y no es extraño que renaciese ahora en su corazón el primitivo afecto. Además, desde el principio de esta historia debe saber el lector que no tratamos de poner al Doctor Faustino como ejemplo de virtud y como dechado de perfecciones, sino como muestra de lo que pueden viciarse y torcerse un claro entendimiento y una voluntad sana con las que vulgarmente se llaman ilusiones; esto es, con un concepto demasiado favorable de sí mismo, con la persuasión de que los propios merecimientos deben allanarnos el camino para el logro de toda esperanza ambiciosa, y con la creencia de que el grande hombre está en nosotros en germen, y de que, siendo así, sin perseverancia, sin trabajo, sin esfuerzos incesantes, sino llevados de la propia naturaleza, hemos de trepar á todas las alturas y rodearnos del fulgor inmortal de toda gloria.