Esta condición de carácter del Doctor Faustino es comunísima en el día, porque las ambiciones están despiertas y solevantadas, y en el Doctor persistían á pesar de mil desengaños amargos. Espíritu poético además, sin fe segura y firme en nada, sino en su propio valer, lo cual es también harto común por desgracia, el Doctor era como personaje de antiguo cuento, que vaga perdido en una selva, en la obscuridad de la noche, y corre, ya en pos de una lucecita, ya en pos de otra, de las que ve brillar á lo lejos, creyéndolas alternativamente faros que han de salvarle. La lucecita que ahora deslumbraba al Doctor y hacia la cual corría lleno de esperanza, era de nuevo los ojos de su prima la Marquesa. El Doctor acudió á la hora de la cita con algunos minutos de anticipación.

Recibióle su prima en un primoroso saloncito, contiguo á su tocador, donde ella solía estar á solas leyendo, escribiendo ó soñando, y donde recibía á los íntimos. Era lo que llaman boudoir, valiéndose de un vocablo extranjero. Costancita estaba vestida de mañana, con traje gracioso y leve, propio de primavera. Las persianas, echadas, daban una media luz muy agradable á todos los objetos. Plantas y flores adornaban el saloncito. La Marquesa parecía más fresca, lozana y encantadora que todas las flores.

El Doctor hizo mil cumplimientos á su prima. Ella, en cambio, le prodigó mil dulces sonrisas y mil afectuosas miradas. No se habló de amor, ni pasado ni presente. Se habló de amistad, de cariño indeterminado entre ambos; pero, en virtud de esta amistad, de este cariño sin nombre, aunque puro y espiritualismo, el Doctor tomó la mano de la Marquesa entre las suyas, y la Marquesa se la dejó allí abandonada. El Doctor la cubría de besos cuando sonó la campanilla de la puerta principal. Costancita se rió.

—Éste es—dijo—mi tremendo General, que llega.

El Doctor, que tenía su silla muy cerca del asiento de Costancita, la apartó maquinalmente.

—No, no—dijo Costancita riendo con más gana todavía,—no apartes tu silla; acércala más y que rabie. No te levantes hasta que entre, para que te vea sentado muy cerca de mí.

Don Faustino obedeció á la Marquesa, aproximándose á ella cuanto pudo.

Un criado anunció al general Pérez, el cual entró en seguida en el saloncito con aire triunfante y glorioso.

Costancita, aunque autora de aquella burla, la hizo involuntariamente más eficaz, por su falta de práctica y desenfado para tales negocios, poniéndose bastante colorada cuando entró el General. D. Faustino, como hacía muchísimo tiempo que no había tenido aventuras galantes, y como jamás las había tenido en salones tan aristocráticos y con intervención de rivales tan gigantescos y egregios, estaba conmovido y agitadísimo, y se puso colorado también. Todo lo notó el General con disgusto mal disimulado, á pesar de ser hombre de mundo curtido en todo linaje de lances.

La conversación que se siguió no pudo menos de ser embarazosa y fría. La cara del General mostraba cada vez más la mal reprimida cólera. Á Costancita le retozaba la risa dentro del cuerpo, y apenas si acertaba á contenerse. De vez en cuando miraba con ternura á su primo, no recatándose para ello del General, sino procurando que el General lo advirtiera. Éste, comprendiendo toda la ridiculez que traería consigo el enojarse, pugnaba por aparecer sereno y hasta jovial; pero no podía. Quiso hablar de cosas indiferentes: de teatros, de literatura y hasta de modas, y dijo infinidad de disparates, como persona que delira en sueños ó que tiene el espíritu distraído á otros asuntos. Todo esto deleitaba á Costancita; la hacía feliz. El General era tan vano, que jamás había tenido celos de nadie, y menos aún del Doctor, á quien siempre había mirado como á un pariente pobre, á quien daban algún amparo en aquella casa y á quien á veces convidaban á la mesa como para ejercer la obra de misericordia de dar de comer al hambriento. Ahora el General las estaba pagando todas juntas.