—Vaya, vaya—dijo, entre otras sandeces,—no esperaba yo encontrarme aquí en tan buena compañía.

—Favor que V. me hace, mi General,—respondió D. Faustino con suma modestia.

—¡Quién lo pensara!—prosiguió el General.—¿Hoy no es día de oficina?

—Sí, mi General—respondió el Doctor;—pero yo he hecho novillos para acompañar y entretener un poco á mi primita, que está algo melancólica.

El General, aun reconociendo el candor con que hablaba D. Faustino, se sintió aludido sin intención por aquellas palabras. Se creyó el novillo más importante de los que el Doctor había hecho, y que entre el Doctor y la Marquesa estaban lidiándole. Poco faltó para que no rompiese en un exabrupto de mal humor. Supo, con todo reportarse.

—Pues me alegro, amiguito, me alegro. No sabía yo que fuese V. tan ameno y divertido.

—Lo es, y mucho—exclamó Costancita antes que el Doctor replicase.—V., mi general, no conoce á mi primo ó le ha tratado poco. La suerte le ha sido siempre muy adversa, y por eso tiene un empleo de tan corto sueldo é importancia; pero no dude V. de que es un hombre de mucho saber y de mucho entendimiento y discreción.

—Mi General—dijo el Doctor,—mi prima me quiere demasiado. El afecto que me profesa la ciega, sin duda, y la excita á hacer de mí los encomios menos merecidos.

—Crea V., mi General, que no hago sino justicia. Faustino es un hombre de los más distinguidos que hay en España; poeta inspirado y elegante, filósofo, erudito...

—No, Costanza, no me avergüences suponiendo en mí prendas y condiciones que nadie reconoce sino tú por lo mucho que me quieres, por lo buena é indulgente que eres para conmigo.