La Marquesa y el Doctor siguieron así largo rato, elogiándose mutuamente, agradeciéndose los elogios y atribuyéndolos todos al cariño que recíprocamente se tenían. En esta blanda contienda tomaban siempre por juez al General, que reventaba de furor, que sentía que iba perdiendo los estribos, y que advertía en la punta de su lengua cierta comezón de poner como chupa de dómine á ambos primos y de armar allí mismo un escándalo soberano. Sin embargo, como no tenía derecho para quejarse, como conocía que cualquiera imprudencia suya le haría pasar por un hombre brutal y mal educado, por un personaje cómico y por un cadete de medio siglo, el General se contuvo de nuevo y dijo con marcada ironía:

—Siento haber llegado en tan mala ocasión. Sin duda que yo, profano en la filosofía y en el arte poética, he venido á interrumpir alguna lección que el primito estaba dando á V., Marquesa.

—Mi General—dijo el Doctor,—yo soy muy humilde para dar lecciones á nadie, y menos á mi prima. ¿Cómo enseñarle la poesía, cuando la poesía misma es ella?

—Aunque disto mucho de ser yo la poesía, mi primo no me daba lección; pero si hubiera estado dándomela... (y aquí la Marquesa dulcificó mucho la voz y puso en su acento un no sé qué de candoroso y manso, á fin de mitigar y embotar la fuerza y la punta que pudiera tener el dardo que disparaba); pero si hubiera estado dándomela... V., mi General, no nos estorbaba; V. no hubiera perdido nada en recibir... en oir la misma lección.

El General echó de menos su sangre fría; conoció que iba á salir con alguna barbaridad si permanecía allí más tiempo, y se levantó furioso. Ya no pudo disimular su mal humor, y dijo al despedirse:

—Yo detesto la poesía, Marquesa: yo soy todo prosa; y como no quiero recibir lecciones poéticas ni interrumpir las que á V. da el primito, me parece lo mejor eclipsarme. Á los pies de V.

D. Faustino se levantó de su asiento para despedir al General con toda cortesía, haciéndole una respetuosa reverencia.

—Beso á V. la mano,—le dijo el General.

—Mi general, beso á V. la suya,—le contestó D. Faustino.

—Vaya V. con Dios, mi General—dijo Costancita con tono melífluo y conciliante, como para aplacar un poco la tempestad que había levantado.—Veo que está V. algo nervioso hoy, y un si es no es disgustado de la poesía. Espero que no duren el mal humor y el disgusto, y deseo que, si persevera V. en aborrecer la poesía, me considere y tenga por prosa, para que siga estimándome y queriéndome.