La contestación que ambos dieron al interrogatorio inefable fué bajar los ojos y ponerse más colorados que cuando entró el General.

Hubo tres ó cuatro minutos, largos como horas, de peligrosísimo silencio.

La silla del Doctor continuaba tan próxima como antes al sofá en que estaba Costancita.

El Doctor, casi maquinalmente, volvió á tomarle la mano. Ella volvió á dejársela abandonada.

Volvió el Doctor á cubrirla de besos; pero estos besos, después del interrogatorio, tenían otra significación y otro valer.

Costancita retiró su mano bruscamente, y dijo, sin marcada angustia ni vehemencia de ningún género, pero con digna entereza y con toda la frialdad grave que le fué posible afectar:

—Vete, Faustino, vete; seamos buenos amigos.

El seamos buenos amigos sonó en los oídos del Doctor con son vago é incierto entre súplica y mandato; pero el sentido de la frase se había hecho clarísimo en el modo de pronunciarla. Era una prohibición, era una limitación, y no una excitación: equivalía á decir no seamos más que amigos buenos.

El Doctor era bastante serio y delicado para comprender toda la gravedad de aquellas palabras de su prima.

Se levantó, tomó su sombrero, y dijo: