Costancita se encontraba en el mismo sitio que el día del mal rato que ambos dieron al general Pérez. Ella, á causa de su indisposición, no se había vestido para comer, y tenía traje de mañana, tan elegante como sencillo. Sus hermosos cabellos desordenados la hacían más bonita é interesante, y mostraban que había estado recostada y que acababa de incorporarse y sentarse para recibir al Doctor.
Estas circunstancias casuales contribuyeron á que la conversación fuese más amistosa y más íntima. Hablaron de todo; pero, sin quererlo, procurando evitarlo ambos, acabaron por hablar de ellos mismos. Costancita dió ocasión, lamentando involuntariamente los cortos medros y adelantos del Doctor en carrera y fortuna.
—¿Qué quieres?—dijo D. Faustino.—En mí se cumple el refrán que dice: quien mucho abarca, poco aprieta. No hay ambición que yo no haya tenido. Por eso no he visto satisfecha ninguna. Mi espíritu ha divagado, se ha distraído en cuantos objetos hay, no con el vuelo recto y firme del águila, sino con el revolotear incierto y vacilante del estornino. Mi voluntad marchita no ha sabido perseguir cosa alguna con energía. No extrañes que esté tan poco medrado. Me faltan los dos resortes más poderosos: el amor y la fe en algo fuera de mí.
—¿No amas, no crees en nada? Dios mío, ¡qué horror!
—Hablo de las cosas de esta vida.
—Menos mal; pero aun así es espantoso. ¿Con que no amas á nadie?
—He querido amar, he amado; pero el desdén ha muerto al amor. Hace algunos días he sentido dentro de mi alma como una gloriosa resurrección del amor. ¿Volverá el desdén á matarle?
—Si amas de veras, como creo—respondió Costancita, hablando muy pausadamente y como si le costase trabajo y vergüenza hablar, y como si midiese y pesase las palabras para no decir demasiado, y diciéndolo, no obstante, sin poderlo evitar;—si amas de veras, ¿quién podrá desdeñarte? El poeta lo ha dicho:
Amor a nullo amato amar perdona.
—Además, cuando el que ama vale lo que tú vales, el amor debe ser poderoso, incontrastable como la muerte.