—El poeta dijo una falsedad—contestó D. Faustino;—ó si es su sentencia regla verdadera, yo soy la excepción de la regla. Costanza, recuérdalo, yo te amé en otro tiempo y tú no me amaste. Ahora te amo más. ¿Me amas?

La Marquesa se arrepintió de sus palabras y se llenó de espanto al oir las de su primo, y al notar el fervor con que las pronunciaba. Sintió que una fuerza magnética, un poder de atracción superior á todo la llevaba hacia su primo; pero lo criminal, lo indigno, lo vilmente ingrato de engañar al Marqués de Guadalbarbo no se le ocultaba; surgía ya en el seno de su atribulada conciencia como un remordimiento.

—Faustino—dijo con acento sumiso y triste,—yo hice mal, hice una villanía, fuí una miserable no amándote entonces. No exijas de mí que sea más miserable y más villana amándote ahora.

—Yo nada exijo, Costanza. El amor no se impone. Si depende de tí el no amarme, no me ames. Yo te amo; yo muero de amor por tí.

El Doctor cayó de rodillas á los pies de la Marquesa.

—Levántate, tranquilízate. ¡Jesús, Dios mío! ¡Qué locura! ¡Alguien puede venir!

—¡Ámame!

—Ten piedad. Déjame. Huye de aquí. ¿Qué va á ser de nosotros, santos cielos?

—Ámame, Costanza.

—¡Ah, sí... te amo!