El Doctor ciñó en un abrazo febril el cuerpo de la Marquesa, que cedía rendida y desfallecida. Sus labios se unieron.
De repente exhaló ella un grito ahogado, y poniendo ambas manos en el pecho del Doctor, le rechazó con violencia.
—¡Estoy perdida!—dijo con voz tan baja y tan intensa, que más que oirlo pudo adivinarlo el Doctor.
La pasión sincera y vehemente los había apartado á ambos del mundo exterior; los había hecho insensibles á cuanto los rodeaba; habían estado incautos, imprevisores, imprudentísimos, locos.
No habían sentido llegar al Marqués de Guadalbarbo. El Marqués de Guadalbarbo acababa de entrar en el saloncito.
El Doctor y la Marquesa se repusieron y tomaron la conveniente actitud; pero ¡qué desorden moral en la mente del uno y de la otra! ¡Qué consternación y qué vergüenza no se pintaba en sus semblantes!
En cambio, el Marqués mostraba en el suyo la misma serenidad, la misma satisfacción de siempre. ¿Habría hecho un milagro el demonio? ¿Habría puesto una nube ante los ojos del Marqués para que nada viese?
La esperanza es el último consuelo del corazón más lacerado, y Costancita, al reparar lo sereno que su marido estaba, no perdió la esperanza.
—Niña, hija querida—dijo el Marqués, llamando á su mujer con los mismos términos de siempre, donde iban expresados el amor que la tenía y la diferencia de edad,—¿estás mejor de salud? Me tenías con cuidado y he querido pasar por casa antes de ir al Ministerio de Hacienda. Quiero saber cómo te encuentras antes de salir de nuevo... ¡Hola, Faustino! ¿Tú por acá?
Y el Marqués estrechó la mano del Doctor, que se la dió avergonzado y casi convulso.