La Marquesa dijo tartamudeando, trabándosele la lengua, como si tuviera un nudo en la garganta:

—Estoy bastante mejor.

D. Faustino, aterrado, nada dijo.

Ó el Marqués no había visto nada, ó no había querido ver nada, ó tuvo piedad del martirio, del miedo, de la postración humillante de aquellos infelices.

El Marqués dijo que el Ministro de Hacienda le aguardaba, y se volvió á la calle.

D. Faustino y Costancita se quedaron solos de nuevo. Ambos, aunque apasionados, distaban mucho de estar pervertidos. El terror de ellos no era, pues, por el peligro que acababan de correr; era por la conciencia de su pecado. Aquel abrazo y aquel beso habían sido un hurto infame. La honra, el amor, la confianza generosa del padre de sus hijos, todo había sido ofendido por la Marquesa. El Doctor había hecho traición al amigo leal, al que más le quería y le estimaba; había intentado robarle su más preciado tesoro. Al ser sorprendidos ambos, la cobardía de los delincuentes se había pintado en sus rostros, se había revelado en sus ademanes. Ambos se habían visto y estaban avergonzados de haberse visto. Este sentimiento de su común indignidad y humillación en presencia del Marqués pudo más entonces que todo recelo y que el ansia de precaverse para lo futuro, ó de remediar, si era posible, el mal causado ya. Apenas tuvieron palabras con que hablarse y entenderse.

Largo rato permanecieron mudos.

—Vete ya. Vete. ¡Estoy perdida!—dijo ella al fin...

—¿Quién sabe?—se atrevió á contestar el Doctor.—Quizás él no ha visto nada. De seguro... no ha visto nada... El cielo nos ha protegido.

—¡Qué horrible blasfemia! El infierno... tal vez.