—Sea el infierno, en buen hora, con tal de que tú no pierdas.
—Faustino, vete, déjame; me haces daño en el alma,—exclamó la Marquesa, llena de disgusto y angustia.
El Doctor tomó su sombrero, y silencioso, á paso lento, cabizbajo y pensativo, salió del salón y de la casa.
Tristes pensamientos y desatinadas medidas iba barajando en su cabeza conforme seguía maquinalmente por las calles su acostumbrado camino.
—¿Si lo sabrá el Marqués?—se preguntaba.—Es imposible que no lo haya visto todo. ¿Qué había de hacer sino disimular ó matarnos allí? Por eso disimuló... pero ¿con qué propósito? ¿Irá á vengarse en ella? Yo debo evitarlo. Yo debo defenderla.
Luego, harto más abatido, daba el Doctor otro giro á su soliloquio, y se decía:
—Soy un miserable de la peor condición y especie. Carezco del amor, de la energía suficiente para ser virtuoso, para no hacer nada que no pueda sostenerse y defenderse á cara descubierta y con la conciencia tranquila, hasta en la presencia del mismo Dios, y me faltan bríos y me sobran atolondramiento, torpeza y flojedad de ánimo para cometer un delito hábilmente, para ser diestro y sereno y valeroso en el pecado. Esta enervación de mi carácter me hace feliz y me lleva á hacer infelices á cuantas personas he querido.
Así iba discurriendo el Doctor cuando, al volver una esquina se le acercó un hombre. Al punto reconoció al Marqués de Guadalbarbo.
—Te estaba aguardando. Sígueme,—le dijo el Marqués.
El Doctor le siguió sin contestar.