Á corta distancia de allí se encontraron parado el coche del Marqués.

—Sube,—dijo éste al Doctor, y el Doctor entró en el coche.

En seguida entró el Marqués y se sentó á su lado, diciendo al lacayo:

—¡Á la quinta!

Los caballos tomaron el trote y empezó á rodar rápidamente el carruaje.

Silencio profundo entre los dos viajeros.

El Doctor había conocido que el Marqués lo sabía todo, y juzgaba de su deber darle la satisfacción que quisiese. Por un instante pasó por la mente del Doctor la idea de si querría asesinarle el Marqués; pero le pareció que, si bien estaba en su derecho, no podrían ser tales sus intenciones. El Doctor se llenaba de sonrojo sólo de figurarse que preguntaba al Marqués: «¿Qué quieres? ¿Qué pretendes hacer conmigo?» Callóse, pues, y se dejó conducir á la quinta sin decir palabra.

Llegaron á la quinta, que está á media legua de Madrid; entraron en ella; hizo el Marqués encender luces en un salón que le servía de despacho en el piso bajo, y penetró allí solo con Don Faustino, cuando se retiró el único criado que había.

El Marqués abrió un armario, sacó del armario una caja, y de la caja un par de pistolas, que puso sobre el bufete. Luego rompió el silencio, dirigiéndose á D. Faustino, y dijo con la misma calma que si dijese «buenas noches»:

—Tú eres un ladrón, á quien puedo matar como á un perro. Me has robado lo que más amaba; has abusado de mi confianza; has hecho traición á mi amistad. Quiero, no obstante, matarte cara á cara y con armas iguales. Lo que no quiero es que nadie se entere de que yo soy quien te mato, ni que nadie sospeche por qué te mato. Esto sería publicar mi deshonra, la de mi mujer y la de mis hijos. Menester es que falten aquí los testigos y requisitos de un duelo. No tendremos más testigos que Dios. Mis criados se guardarán bien de decir nada, si de algo se enteran. El lacayo y el que cuida esta casa son dos ingleses muy sigilosos, muy fieles y que me sirven años há. Coge una de esas pistolas; yo tomaré la otra.