El Doctor tomó instintivamente una de las dos pistolas, al ver que el Marqués se disponía también á tomar una. El acto de armarse fué, pues, casi simultáneo. El Doctor no sabía qué decir, y nada decía.
—Ahora—prosiguió el Marqués,—vendrás conmigo,—y abrió una puerta que daba á los jardines.
Todo estaba solitario. La luna alumbraba bastante. Antes de salir añadió el marqués:
—Voy á llevarte lejos de aquí, porque los jardines son grandes. Los criados así quizás no oigan los tiros. Cuando lleguemos al lugar conveniente, nos colocaremos á treinta pasos de distancia, que yo mediré. Luego montaremos las armas. Cuando yo diga ¡ya! marcharemos el uno contra el otro. Cada cual podrá disparar cuando guste. Si tiras bien, puedes adelantarte. Si no te fías de tu tino, aguarda hasta ponerme en el pecho ó en una sien la boca de la pistola.
El Marqués, terminado este breve discurso, echó á andar, seguido por D. Faustino. Pasaron por un hermoso bosque, y llegaron, por último, á un sitio llano y sin árboles, junto á las mismas tapias que cercan la posesión.
D. Faustino quiso entonces hablar; pero como no juzgaba decoroso tratar de disculparse, ni justo jactarse y gloriarse de la injuria que había hecho, se limitó á decir:
—Costanza es inocente.
—Lo sé—contestó el Marqués:—por eso no me vengo de ella, sino de tí.
Midió el Marqués los pasos. D. Faustino se puso en un extremo y él en otro.
—¡Ya!—exclamó el Marqués no bien montó su pistola y advirtió que el Doctor había también montado la suya.