Ambos marcharon el uno contra el otro. El Marqués tenía fama de buen tirador, y alguna confianza en su puntería. Por lo mismo, aunque injuriado, sentía remordimiento en la conciencia de abusar de su ventaja si disparaba desde luego.
Más de la mitad de la distancia que los separaba habían andado ya. Estarían á unos catorce ó quince pasos el uno del otro. D. Faustino seguía marchando sin disparar. El instinto de conservación y el recelo de que se le frustrase la venganza conmovieron el corazón del Marqués. Conoció que latía su pecho con violencia, y que su pulso agitado hacía que temblase ligeramente su diestra. No pudo contenerse más. El Marqués disparó. Al punto advirtió una súbita vacilación en D. Faustino; pero pasó en seguida, y D. Faustino siguió avanzando con firmeza, con la pistola montada y apuntada contra su adversario.
El Marqués no se explicaba su falta de tino; pero estaba ya casi seguro de haber dejado ileso al Doctor. Del fondo de su alma nacían la desesperación y el abatimiento. Su deber, no obstante, era continuar acercándose á la persona en cuyas manos estaba su vida.
Pronto llegó el Doctor junto al Marqués. En el rostro del Doctor, iluminado por la luna, había una profunda y bella expresión de tristeza; pero aquel rostro era terrible, espantoso para el Marqués en aquel momento.
D. Faustino puso la boca de su pistola casi sobre el pecho del Marqués y le miró fijamente. Fué obra de un instante, si bien al Marqués le pareció aquel instante un siglo.
El filósofo entonces hubo de pensar á escape en todas sus filosofías. Se había sometido, se había resignado al duelo á muerte, por no hallar medio decoroso, decente y natural de no aceptarlo. Pero, ya cumplida la que juzgó extraña y penosa obligación impuesta por la sociedad, y ocasionada por un beso y un abrazo apretadísimo, dados con tan pocas precauciones, ¿qué ganaba D. Faustino en matar á aquel pobre viejo, á quien había hecho horriblemente desgraciado? Tal vez el Marqués, imaginaba además el Doctor, no le había llevado allí por rencor ni con saña, sino para cumplir con un deber, del que él presumía que estaba pendiente su honra. Todo cumplido, todo consumado ya, acortar la vida de aquel hombre, darle allí la muerte, era una barbaridad inútil. Por otra parte, el Doctor, aunque por discurso sabía lo poco que vale la vida, la respetaba por un invencible sentimiento; el atentar contra la de nadie le parecía la mayor de las faltas; le parecía uno de aquellos pecados de que él no sabría absolverse jamás. Tales fueron las ideas que se agolparon en tumulto en su mente.
El Doctor tiró lejos de sí la pistola, que se disparó al caer en el suelo, de la manera más inofensiva.
Luego exclamó el Doctor:
Y cayó de espaldas por tierra, como cogido por un desmayo.