El hecho mismo de haber sorprendido á los dos probaba lo impremeditado, lo falto de malicia que todo había sido. Á buen seguro que sorprendan nunca los maridos á... y el Marqués se citaba una retahila de nombres propios de lindas damas, y se gozaba un tanto al considerar la diferencia de destino que había entre él y aquellos otros maridos. Al Doctor, á cuya generosidad debía infinito, también le disculpaba un poco.—¡Qué diantre!—se decía allá en sus adentros.—¡Ella es tan guapa.... tan seductora, sin querer! ¡Y el pobrecillo, que debió casarse con ella, es tan desgraciado!—Reducido ya el suceso á proporciones mínimas, el Marqués le buscaba causas hasta cierto punto plausibles. El parentesco cercano, los recuerdos poéticos de la primera juventud, un ligero desagravio de las calabazas crueles, recibidas hacía diez y siete años... Luego pensaba en las consecuencias para lo futuro, dado que se salvase la vida del Doctor, como deseaba, y todo se convertía en una adoración mística, en una idolatría sublime, en un petrarquismo archiespiritual. Admirábase entonces el Marqués de la entereza de su mujer y de su virtud y constancia. Pasaba en revista á todos los adoradores que le había conocido, y hallaba más de una docena guapísimos, elegantes, primorosos, deseabilísimos... y casi se le saltaban las lágrimas de gozo y gratitud al considerar que á todos los había despreciado ella por amor suyo, haciendo de él uno de los hombres más dignos de envidia que sustenta sobre su corteza este vasto globo que habitamos. Diez y siete años de fidelidad, de virtud á prueba de bomba, eran una garantía de las más sólidas. Pensaba, por último, el Marqués en sus hijos, á quienes quería entrañablemente, y se alegraba de poder echar la absolución y la bendición á la hermosa criatura que se los había dado, llevándolos antes en su seno. Exageraba, encarecía la vehemencia y delicadeza de Costancita, y se arrepentía de haber estado tan brutal. Temblaba como un azogado al presumir que ella pudiera enfermar con los disgustos que acababa de darle. Recordaba los cuidados, los mimos, las regaladas dulzuras con que le arrullaba y encantaba siempre Costancita. ¿Cómo romper con ella? ¿Cómo privarse de tanto bien? Se moriría el Marqués de pena. Lo que es Costancita, tan pundonorosa, tan llena de orgullo, tan noble, se moriría también de sonrojo. ¿Y por qué no de pena, como él? ¡Si Costancita le amaba!... Cierto que él estaba ya viejecillo y estropeado; pero el alma no envejece, y las mujeres en general, y Costancita singularísimamente, son mil veces más espiritualistas que los hombres en esto de los amores.
Por medio de tales y de otros parecidos razonamientos, el enojo del Marqués fué trocándose en blandura y en indulgencia, y se sintió inclinado á perdonar. Al perdón dado sucedieron otros razonamientos más amorosos y tiernos aún, y el perdón dado se transformó en perdón pedido. Costancita estuvo magnánima. Perdonó al fin al Marqués el que hubiese dudado de ella; y majestuosa, después de dar su perdón, subió de nuevo al pedestal de oro aquella diosa de la castidad, de la hermosura y de la elegancia. El Marqués volvió á encontrarse tan contento, tan dichoso y tan satisfecho como antes.
D. Faustino fué el único que pagó el escote de la función; la única hostia sacrificada en el altar de Himeneo, para hacer más propicio á este dios é impedir que turbase la felicidad completa de aquella rica, ilustre y aristocrática familia.
XXX.
BODAS TRISTES.
Como el Doctor no era personaje político, ni poeta popular y conspicuo, pues su grande epopeya estaba por escribir; ni filósofo célebre, porque su sistema estaba siempre preparándose, pocos le conocían en Madrid: no era sujeto de mucho viso. El lance, además, se había verificado con bastante recato. Así es que ni La Correspondencia habló de aquel lance. Las personas que le sabían tenían interés en callarle, y le callaron.