Los pocos medio ó menos de medio amigos de secretaría ó de la sociedad, que estimaban ó querían algo á D. Faustino, vinieron á informarse de su salud, y, como se les dijese que el Doctor estaba enfermo de cuidado y no se le podía ver, se contentaron con esto y se fueron.
El ama de huéspedes, que quería bien al Doctor, porque el Doctor estaba amable con ella, aunque era vieja y fea, se mostró dispuesta á cuidarle con el mayor esmero.
El médico se esmeró también, porque el espléndido Marqués de Guadalbarbo, su patrono, le recomendó mucho á aquel enfermo.
Á poco de llegar D. Faustino á su casa y de meterse en la cama, le entró la fiebre, mas no con tal violencia que perdiese la cabeza.
Durante todo el primer día que se siguió al duelo, el Doctor mantuvo firmes sus facultades mentales.
El Marqués de Guadalbarbo vino dos veces á verle, y se consoló mucho con las noticias y pronósticos del médico, que fueron favorables.
D. Faustino tuvo, por último, al anochecer de aquel mismo día, una visita muy extraña. Aunque el médico había prohibido con toda severidad que entrase nadie á ver al enfermo, el ama de huéspedes no pudo resistir á las súplicas, y tal vez á los generosos donativos de una bella dama que se empeñó en ver á D. Faustino, á quien, según aseguró, tenía que comunicar cosas de suma importancia.
—Sr. D. Faustino—dijo el ama de huéspedes, entrando en el cuarto del enfermo,—hay una señora que desea ver á V. ¿Le hará á V. daño su conversación? ¿Le digo que entre?
—¿Quién es?—preguntó el Doctor alborozado, imaginando que Costancita venía á verle.
—Parece francesa, contestó el ama, y esto confirmó más á D. Faustino en que era Costancita.