—¿Ha dicho su nombre? volvió á preguntar el Doctor.

—Sí señor: se llama Doña Etelvina... no sé cuántos; vamos... un apellido de extranjis.

Ya nombre tan novelesco y apellido tan incomunicable hicieron dudar al Doctor de que fuese Costancita la visitanta; pero,—¿quién sabe?—pensó entre sí.—¿Había de dar Costancita su verdadero nombre á esta mujer?—Tan natural reflexión hizo revivir en su ánimo la esperanza de que fuese Costancita.

—Diga V. á esa señora que pase adelante—dijo al fin el Doctor.

Doña Etelvina no se hizo aguardar ni medio minuto. En torno suyo se difundía una fragancia exquisita á oppoponax, que era entonces el perfume más chic y de más alta nouveauté que destilaba por sus alambiques The Crown Perfumery Company de Londres. Su traje, su sombrerillo, sus movimientos y sus modales, todo era ó aspiraba á ser distinguido. Se diría que el último figurín de La Moda Elegante Ilustrada había tomado humanas proporciones, se había animado por arte mágica y entraba allí de visita. La cara de doña Etelvina parecía ser linda y graciosa, á pesar ó á causa del esmalte de cascarilla y de carmín extendido artísticamente sobre ella. En el borde de los párpados llevaba pintadas unas rayas negras, que hacían más rasgados y brillantes los hermosos y dulces ojos.

Miró el Doctor fijamente á doña Etelvina y no la reconoció.

Advirtiéndolo ella, dijo con amistoso desenfado, cuando se fué la pupilera y quedaron solos:

—¡Qué olvidados tiene V. á sus amigos, señor D. Faustino! ¿No se acuerda V. de mí?

—Perdóneme V., señora; pero... francamente... no me acuerdo.

—Yo soy la antigua doncella de la señora Marquesa de Guadalbarbo. ¿No se acuerda V. ahora de Manolilla?