—¡Ah, sí!...
—He tomado el nombre de Etelvina porque el de Manolilla era vulgar y prosaico. Serví muchos años á la señora Marquesa; me casé con monsieur Mercier, el jefe de su cocina, eminente químico. Luego enviudé, y con los ahorros míos y del difunto, que en paz descanse, dejando la casa de la señora Marquesa, he puesto tienda de modas. Ya se conoce que el Sr. D. Faustino es un filósofo, que no se preocupa de estos negocios de cocodetería. Si no, ¿cómo había de ignorar quién es la famosa Etelvina Mercier ó la Etelvina á secas? En los círculos aristocráticos no hay persona más conocida que yo en el día de hoy. Hago furor. Estoy muy recherchée.
—Me alegro, me alegro en el alma. ¿Y qué la trae á usted por aquí?
—Vengo á ver á V. de parte de mi señora. Ella no puede venir. Sería comprometerse mucho—dijo en voz baja Etelvina ó Manolilla.
El Doctor nada contestó y exhaló un suspiro. Doña Etelvina prosiguió:
—Aquí traigo una carta para V. ¿Podrá V. leerla sin fatigarse?
—Sí—respondió el Doctor.
Manolilla entregó la carta, acercó una bujía y el Doctor leyó lo que sigue:
«¡Faustino! Sé tu generosidad. ¡Cuánto tengo que agradecerte! La vida del padre de mis hijos, mi posición en el mundo, mi honra, todo te lo debo. Sin tu generosidad estaría yo viuda y deshonrada, porque el lance y las causas del lance, que así es de esperar que queden en el misterio, se hubieran divulgado entonces, difamándome y difamando el nombre que mis hijos llevan. Si antes te amaba, más te amo hoy. El agradecimiento da más fuerza al amor. Aunque mi marido me ha dicho que no tenga cuidado, le tengo, y envío á Manolilla, única persona de quien me fío, para que me traiga nuevas ciertas de tí. Me es imposible ir yo misma. Importa desvanecer toda sospecha. Lo voy consiguiendo; pero paso tan aventurado pudiera destruir mi obra. No es por egoismo por lo que procuro disipar los recelos del Marqués; es por gratitud. Le debo tanto, es tan bueno, es tan dichoso con mi amor, le haría yo tan desgraciado si le hiciese dudar de él, que la misma bondad de mi corazón me excita al disimulo. Dios me lo perdone. Para ello es menester que, ya que nos amamos, sea este amor más precavido, más misterioso, más callado que hasta aquí, y que sea también de tal suerte, que ni tú ni yo tengamos que avergonzarnos de este amor, ni ante el oculto y severo tribunal de nuestra conciencia. Amémonos con el amor purísimo de los ángeles. Impulsada por él te escribo, porque conozco tus nobles sentimientos, considero que estarás inquieto por mí y quiero tranquilizarte. Dios haga que mi carta sea bálsamo para tu herida. Dios, que ve la pureza de mis intenciones, te dé pronto la salud, como fervorosamente se lo pide tu amantísima prima—Costanza.»
En efecto, la carta tranquilizó al Doctor, que, sobre el dolor físico que le causaba su herida, sentía el dolor de haber dado motivo á un divorcio. No acertaba á explicarse, le parecía un prodigio que Costancita hubiese desvanecido lo que ella llamaba sospechas del Marqués.—¿Qué demonio de sospechas—se decía el Doctor—si nos vió y de resultas de habernos visto, me ha atravesado el cuerpo con una bala?