Aquí hemos de confesar que el Doctor hizo además otra reflexión amarga y egoísta. Al cabo, aunque era bondadoso, era de carne y hueso como los demás mortales. La reflexión fué: «Verdaderamente soy el hombre más desgraciado que vive bajo la capa del cielo. Costancita comulga á su marido con ruedas de molino y le hace creer lo increíble y negar el testimonio de sus propios sentidos; pero esta comunión y esta negación llegan tarde para mí. ¡Llegan cuando yo estoy herido!» Al pensar esto, el Doctor suspiró con mucha tristeza.
Pronto, no obstante, se mitigó la amargura de aquel pensamiento. El Doctor era débil, pero era un bendito. Aunque tenía poca fe, tenía muchísima caridad. Fué un consuelo para él la nueva de que Costancita lo hubiese arreglado todo con su marido.
En cuanto al amor purísimo de los ángeles, que ella le ofrecía, también le pareció cosa de gusto. Para un herido de suma gravedad, desangrado, calenturiento, con horribles dolores, no deja de ser un lenitivo excelente el amar y el ser amado con el amor purísimo de los ángeles.
Doña Etelvina era una mujer de pro, experimentada y prudente. Como todas las mujeres ordinarias que, yendo de un país atrasado como el nuestro, pasan algunos años en París ó en Londres ó en ambos puntos, doña Etelvina se había hecho insufrible de puro denigradora de su patria, que consideraba tierra de bárbaros, y de puro fanatismo y admiración por los primores y refinamientos ingleses y franceses. Casi todo le parecía shocking y grosero en nuestras costumbres. Nuestra lengua no valía para causer ni para hacer esprit. Hasta de amor se hablaba mejor y con más elegancia en francés ó en inglés que en castellano. I love you, je vous aime, eran frases encantadoras, delicadas, mientras que ¡te amo! ó ¡la amo á V.! tenían un énfasis, una hinchazón, una pompa inaguantables. Doña Etelvina había adquirido estimación desmedida al bienestar material y á los medios de conseguirle; de modo que á Mr. Mercier, que no se descuidaba antes, le hizo sisar cuatro veces más después del matrimonio. Por último, viéndose ya doña Etelvina tan encumbrada y adiestrada en los trotes del fashion y del dandynismo, tuvo una idea que la dió sumo tormento. Imaginó que debió y pudo haberse casado con algún conde, ó por lo menos con algún caballerito principal, y que había hecho una verdadera mésalliance casándose con un cocinero. Maldecía á cuantos recordaba que le habían aconsejado que se casase, sosteniendo que le habían hecho déchoir, que habían labrado la desgracia de su vida. Cuando se casó, era tan inocente, según decía ella, que no sabía lo que era matrimonio, y por eso se casó con un hombre que le doblaba la edad. Aborrecía la mentira, vicio propio de los pueblos corrompidos como el español; y como aborrecía la mentira, decía con la mayor franqueza al infeliz Mr. Mercier que le detestaba, que se avergonzaba de él y que soñaba con un caballerito, que era lo que le cuadraba á ella. Mr. Mercier, por no matar á palos á su dulce esposa, tomó el recurso de morirse, y pasó á mejor vida. Libre ya doña Etelvina de aquel monstruo, se hizo modista, ínterin llegaba la ocasión de casarse con un conde y hacerse condesa.
Á pesar de sus perversas cualidades, doña Etelvina adoraba á Costancita. El método de la franqueza, tan útil para con Mr. Mercier, no debía adoptarse con el Marqués de Guadalbarbo, con quien era indispensable cierto disimulo. Doña Etelvina calculó, pues, rápida y fríamente, que aquella carta podría comprometer á su ama; que el Doctor podría morirse y la gente hallar la carta entre sus papeles. Sin mortificar al Doctor, con tino y discreción notables, le sacó la carta de la Marquesa de entre las manos y allí mismo la hizo pedazos menudos. Luego se despidió con mucha finura y cariño del Doctor y se largó á la calle. Para que Costancita no tuviese inútiles pesares, fué á verla en seguida; le dió cuenta del cumplimiento de su misión y le aseguró que el primo estaría bueno y sano en breve.
Todavía estaba lleno el ambiente del perfume del oppoponax, cuando entró de nuevo el médico en el cuarto del enfermo.
—Señora Doña Candelaria—dijo al ama de huéspedes,—¿qué peste es ésta? ¿Á qué demonios hiede? ¿Quién ha entrado aquí? ¿Van ustedes á matar á este desgraciado?
Doña Candelaria, apurada por el médico, confesó de plano, y dijo la visita de doña Etelvina, por más que el Doctor le hacía señas para que callase.
El médico, que sabía todos los secretos del mundo elegante, se explicó al punto la significación y la razón de aquella visita.
—Bien está—dijo.—Es necesario que nadie entre aquí en adelante, ni con perfumes ni sin ellos. El enfermo, para su pronto restablecimiento, no debe hablar con nadie ni recibir visita.