En su tránsito por Egipto, vio y admiró donna Olimpia la esfinge, las pirámides y multitud de otros monumentos del tiempo de los Faraones.
Llegada sana y salva a Alejandría, se embarcó con su gente en un barco mercante de Venecia, que navegaba con diploma o patente del gran turco Solimán, a quien para obtener tales diplomas pagaba un considerable tributo anual la Señoría.
A la vista ya de la costa occidental de Italia ocurrió la enorme desventura de que el barco veneciano fuese apresado por el corsario o más bien por el feroz y desalmado pirata cuya merecida y trágica muerte hemos ya narrado. El diploma del gran Sultán de los osmanlíes, aunque fue exhibido, estaba escrito en vítela con letras de púrpura y oro y era una maravilla caligráfica, no sirvió absolutamente de nada. El pícaro corsario supuso que era falso a fin de no darle cumplimiento y se llevó a remolque el barco veneciano, transbordando a su galera y hasta a su camarote a donna Olimpia y a Teletusa.
-XLII-
Terrible situación era esta para una reina, aunque fuese de Abisinia y de la mano zurda.
Según los anales etiópicos, allá en tiempo del Rey Salomón, hubo en Etiopía una señora llamada Makeda que no fue otra sino la misma reina de Sabá, la cual visitó al monarca de Israel, examinó y tomó el pulso a su sabiduría poniéndole mil acertijos y enigmas, y le enamoró además, hasta el punto de volver ella a su país muy ilustrada y en estado interesante. El augusto niño que nació de resultas, se llamó Menilek o Menelik y fue antiquísimo y reverendísimo tronco de la dinastía a la sazón reinante, en cuya comparación eran frescas, plebeyas de ayer y de mañana todas las dinastías de Europa.
Ansiosa estaba donna Olimpia de rivalizar con la señora Makeda y aun de obscurecer la gloria de otra reina de Etiopía llamada Candace que se hizo cristiana y difundió la verdadera religión entre sus súbditos, inducida a ello por su virtuoso valido, aquel eunuco a quien convirtió el diácono Felipe, explicándole un texto obscuro de Isaías.
Donna Olimpia proyectaba criar y educar a su Principito con el mayor esmero por monjes benedictinos, ya que todavía ni San Ignacio de Loyola, ni San José de Calasanz habían fundado escuelas; y luego que estuviese bien educado y crecido, enviarle a conquistar la Abisinia y a sacarla de la barbarie en que había caído.
El corsario argelino había venido en mal hora a contrariar tan altos proyectos.