Durante dos o tres días, sin embargo, renació la esperanza de donna Olimpia.
El Mediterráneo se hallaba a la sazón surcado de continuo por muchas galeras de los Caballeros de San Juan de Jerusalem, los cuales vagaban sin hogar de un punto a otro. Acababan de perder la isla de Rodas que era su dominio. Solimán, poderoso monarca de los osmanlíes, había dirigido todas sus fuerzas contra aquella isla, la cual, después de largo asedio y de una defensa pasmosamente heroica en que perecieron más de cien mil turcos, tuvo necesidad de rendirse. Honrosa fue la capitulación que firmó el Gran Maestre Felipe de Villiers de Lisle Adan, quien salió con armas y banderas desplegadas y con cinco mil personas que le siguieron. La noble emulación entre los Caballeros de las ocho lenguas, su espíritu militar y su ardiente fe religiosa, dieron aspecto de triunfo a aquella pérdida, hermoseándola con palmas y laureles.
Los expulsados Caballeros de Rodas vagaban por el Mediterráneo en sus galeras, ansiosos de tomar en los corsarios algún desquite.
Dos galeras de los Caballeros de Rodas avistaron la galera del corsario y la persiguieron con ahínco; pero la galera del corsario era ligerísima y despiadados sus cómitres. El rebenque, cayendo sobre las espaldas de los forzados, acrecentó su fuerza locomotora, y el corsario logró escapar de la persecución, aunque sin arribar a Argel, sino llegando en su fuga hasta cerca de las costas de Málaga. Desde este puerto, divisaron el bajel corsario barcos de guerra de Castilla que salieron a darle caza. Acosado el corsario por todas partes, pasó el Estrecho de Gibraltar para ponerse en cobro.
En aquellos días de angustia, el corsario, como era natural, estaba muy rabioso y se sentía capaz de toda suerte de atrocidades. Infortunadamente, el Principito estaba muy empalagoso con los dolores y molestias de la dentición. De noche, sobre todo, tomaba estruendosas perras, berreaba mucho y no dejaba que ni donna Olimpia, ni Teletusa, ni el corsario, pegasen los ojos. El corsario, durante tres noches, lo aguantó todo por galantería; pero en la noche cuarta, se puso tan nervioso y tan frenético que apenas nos atrevemos a decir lo que hizo, tanto es el horror que nos causa. Imitando, o mejor diremos, prefigurando al héroe de una novela de Gabriel d'Anunnzio, aunque sin premeditación ni alevosía, sin sutilezas psicológicas y sin celos retrospectivos, sino en el arrebato y en la excitación del insomnio, agarró al Principito y lo arrojó al mar por la ventana del camarote.
Desgarradores fueron los gritos que en aquella ocasión lanzó donna Olimpia, al considerar que se ahogaban sus más bellas esperanzas. Donna Olimpia tuvo, sin embargo, que callarse, porque el corsario, brutal e iracundo, la amenazó con arrojarla también al mar si no se callaba.
De lo que ocurrió al día siguiente ya hemos dado cuenta. Ya sabemos cómo el corsario pagó de una vez todos sus delitos.
Cuando Morsamor supo los lastimeros ocasos que acabamos de referir, se compadeció de donna Olimpia y procuró consolarla; pero el cuidado de su nave le preocupaba más todavía. Y como iba ya acercándose a la costa, Fréitas había muerto y no era muy de fiar el contramaestre, Morsamor velaba y sólo por breve rato entraba a reposar en la cámara.