-II-
—¿Qué delirio es el tuyo?—dijo el Padre Ambrosio—. Me pasma que hayas venido a verme. Si te he de hablar con franqueza, no creía yo posible que pudieses salir de tu celda, débil como estás, baldado por los dolores y velados tus ojos de densa nube que desde hace algún tiempo apenas te deja ver distintamente las cosas, sino de un modo vago y confuso y como al través de una neblina. ¿Qué quieres de mí? ¿Por qué has venido hasta aquí, con paso vacilante e incierto, a tientas y sin duda apoyándote en las paredes? ¿Qué es lo que de mí pretendes todavía?
Fray Miguel contestó:
—Pretendo que seas conmigo franco y leal, como yo lo he sido contigo. Yo abrí para ti los más escondidos senos de mi alma y te mostré todos sus arcanos. Nada te oculté ni de mis pensamientos ni de mis pasiones. Mi espíritu, lleno de confianza en ti se te rindió por completo. Derecho tengo a que tú también seas franco y leal conmigo. Vengo a pedirte cuenta de tu conducta y de tus promesas. Dime toda la verdad. ¿Te has burlado de mí? ¿Me has hecho víctima de un engaño? ¿Es cierto cuanto me ha ocurrido o ha sido todo, como yo recelo, una endiablada fantasmagoría? ¿Acaso las pociones mágicas que me administraste, hundiéndome en hondo letargo, han suscitado visiones en mi cerebro, grabándose en él con el poderoso vigor y con la clara distinción de la realidad misma?
Interrogado el Padre Ambrosio tan de improviso y de manera que hacía imposible toda respuesta ambigua, permaneció en silencio y como quien duda y cavila sobre lo que le incumbe contestar y sobre la forma en que la contestación ha de ir expresada, para que implique la justificación o la disculpa al menos. Después de larga pausa, contestó al cabo el Padre Ambrosio:
—Sean cuales sean los medios que he empleado, ora se consideren realidad, ora vano prestigio, no debes tú dudar de la bondad de mis intenciones. Yo he querido sanarte a toda costa del peor de los males. Recuérdalo bien, de un orgullo satánico despechado que te hacía aborrecible hasta la misma bienaventuranza del cielo. Contra enfermedad tan horrenda, no hay remedio, por duro que sea, que pueda censurarse. Supongamos por un momento que cuanto viste, y cuanto hiciste, desde que por virtud de las pociones mágicas imaginaste despertar remozado, todo carece de ser real fuera de ti. Aun así, aunque yo haya tenido fuerza para crear en tu mente un mundo imaginario y para dártele en espectáculo y para hacer de él amplio y pasmoso teatro en que tú fueses el principal actor, bien puedes estar seguro de que he carecido de fuerza para sujetar a mi propósito tu juicio y para someter tu voluntad a la mía. Yo podré haberte ofrecido y presentado todas las ocasiones, todos los objetos, todos los premios a que podía aspirar tu codicia, en que podía hartarse tu sed de deleites y donde tu ambición y tu orgullo podían quedar satisfechos; mas para lo que yo no tuve fuerzas, ni aun teniéndolas las hubiera empleado, fue para violentar tu libre albedrío. Sueño o no, te considero responsable de todos los actos de tu extraña vida de descubridor y navegante. Si me cabe alguna duda es sobre el grado mayor o menor, sobre la intensidad de tus méritos y de tus culpas. Hay no pocos extremos hasta donde no llega mi ciencia, si bien presumo que no es tan sereno y firme el juicio en quien duerme como en quien vela, y que tu voluntad, sin ser violentada por mí, pudo ceder más fácilmente que en la vigilia a los incentivos que en sueños se le presentaron. De todos modos, aunque tu gloria hubiese sido soñada, tú has sabido mostrarte capaz de esa gloria, y aunque hayan sido soñados tus delitos, también eres responsable de ellos, aunque no en tanto grado. En sueños tiene la voluntad menos brío para resistir a la tentación que la provoca. Si no resiste y cede, entonces es menor su delito; pero esa mayor flaqueza de la voluntad, que atenúa su falta si incurre en pecado, tal vez da superior valer a toda acción buena que en sueños se realiza, porque si la voluntad, poco briosa, basta a realizarla soñando, mayor será su virtud cuando al despertar recobre todo su poder y le emplee en darle cima. La diferencia entre el éxito dichoso, ya en la realidad ya en el sueño, es que en la realidad depende en gran parte de lo que llama el vulgo caprichos de la fortuna, o sea de lo que los juiciosos y piadosos califican de inescrutables designios de Dios, a fin de que se cumpla el plan maravilloso de la historia y de que camine la humanidad hacia su término con dirección invariable y segura. Todos nos agitamos y todos contribuimos a que se cumpla dicho plan, quedando, no obstante, nuestra libertad en salvo, merced al soberano concierto prescrito desde la eternidad por la Providencia.
—Tu discurso—dijo Fray Miguel—se quiebra de puro sutil. En mi sentir son alambicados y obscuros tus conceptos. Presumo, pues, o que no entiendes o que entiendes lo contrario de lo que dices para mi consuelo, y para atenuar la crueldad de la burla que me hiciste. Es falsedad, es sofisma lo que sostienes. Si no debo condenarme porque mis crímenes han sido soñados, tampoco debo glorificarme si también han sido soñadas mis proezas. Convengo en que el mal éxito o el buen éxito final es obra de la fortuna o hablando cristianamente, de Dios mismo; pero la acción, independientemente del éxito, no vale sino en la vigilia para quien la ejecuta. En sueños, el avaro es generoso, y tal vez quien despierto no se desprende de un maravedí, para socorrer a un pordiosero, es capaz soñando de prodigar todas las riquezas de los Cresos y de los Fúcares. El cobarde puede soñar que es valiente. Hasta por lo mismo que despierto le humilla y le atormenta su incurable cobardía, en sueños se consuela creando y atribuyéndose el denuedo de que carece. En suma, yo infiero, de lo que me dices, estas desconsoladoras y amargas verdades; que te has burlado de mí; que mi segunda juventud, mis hazañas y mi gloria fueron soñadas; que mis delitos también lo fueron; y que siéndolo, quedan en duda las energías de mi ser y no merezco ahora, ni más ni menos que antes, alabanza o vituperio, galardón o castigo.
—Muy extremada manera es la de tu discurso y a mi ver es falsa, pero no quiero que discutamos, porque así no lograríamos convencernos. Baste para mi intento de convencerte de la aptitud y del poder que hay en ti, tanto para lo bueno como para lo malo, la ilimitada confianza que en mí pusiste y la constancia y el valor con que te sujetaste a mis conjuros, arrostraste pruebas tremendas y no retrocediste, lleno de terror, ante mis mágicas operaciones. Quien fue capaz de todo esto es capaz también de todas las hazañas y digno de las victorias y de los triunfos. Sólo de la fortuna, sólo de las circunstancias exteriores, y no de la virtud del alma, depende que en realidad se logren o que sólo se logren en sueños. Eres injusto al afirmar que me he burlado de ti. No; yo no me he burlado; yo quise confortarte, puse los medios para conseguirlo, y lo hubiera conseguido si no fueses tú tan descontentadizo y caviloso. Antes de que mi magia se emplease en ti, tú no habías sido héroe y además dudabas de que pudieses serlo. Ahora, aunque puedes dudar de que en realidad lo hayas sido, no puedes dudar del poder que para serlo había en tu alma.
A estas últimas palabras del Padre Ambrosio, no replicó Fray Miguel para contradecirlas ni mucho menos para manifestar que había quedado convencido y satisfecho. Su única contestación fue un sonido inarticulado que exhaló su pecho y que brotó de sus labios, de tan indefinible condición que podía dudarse de si era suspiro o refunfuño, bendición o maldición, muestra de gratitud o de queja.