Hubo una larga pausa. Los ojos casi sin vista de Fray Miguel se fijaron intensamente en el Padre Ambrosio, como si fuese el alma sin el intermedio del material aparato quien por ellos mirase y viese. A pesar de su poder mágico, y a pesar de su ánimo brioso, bajó los ojos el padre no pudiendo resistir la intensidad y el fuego de aquella mirada. El Padre, con todo, estaba sereno y tranquilo. No le remordía la conciencia. Su conducta con Fray Miguel había procedido de la intención más sana.

Sin duda Fray Miguel pensó lo mismo, después de la larga pausa y de la mirada escrutadora.

No quiso, sin embargo, hablar más. Se levantó de la silla, tomó su lámpara, pronunció un Dios te guarde, inclinando la cabeza, y se volvió a su celda sin más explicaciones, preguntas ni discursos.


-III-

Pasaron aún más de cinco semanas después del coloquio nocturno de que acabamos de dar cuenta. El esfuerzo violento y el consumo de vitalidad, hechos por Fray Miguel, para ir hasta la celda del Padre Ambrosio y para hablar con él lo que había hablado, produjeron terrible reacción, hundiendo a Fray Miguel en el mayor abatimiento físico. Se diría que hasta para hablar, hasta para pronunciar algunas palabras, le faltaban ya bríos. Fray Miguel estaba postrado en cama y callado como muerto.

Sólo acudían a visitarle en su celda el Padre Ambrosio, cuya reputación de excelente médico era grandísima e indiscutible, y el hermano Tiburcio que, ayudante del Padre, cuidaba de Fray Miguel, y le suministraba alimentos y medicinas.

En medio, no obstante, de aquella enfermiza inacción de su ser material y de aquel desmadejamiento y quebrante de su organismo, el pensamiento de Fray Miguel lucía con más viveza dentro de su cerebro, y como si le hubieran nacido pujantes alas, se remontaba a luminosas esferas y veía o creía ver con mayor claridad y serenidad que nunca, lo pasado, lo presente y lo futuro, fijando la mirada de águila en el radiante foco, donde lo real y lo ideal se compenetran, se confunden y son una cosa misma.

En la mente de Fray Miguel se realizó así saludable mudanza. En virtud de ella, depuso todo enojo contra el Padre Ambrosio. Lo que tal vez consideraba antes como burla, le pareció lección provechosa, rica en beatíficos resultados.

Harto bien conocía Fray Miguel la postración de su cuerpo y la proximidad de su muerte; pero, al mismo tiempo, conocía con reposado júbilo que nunca había estado su espíritu más sano, más perspicaz, ni más sereno que entonces.