-IX-

Desde que se retiró a su celda Fray Miguel de Zuheros, hasta que pasaron los tres días y se cumplió el plazo señalado por el Padre Ambrosio, la agitación del ánimo de Fray Miguel fue grandísima y apenas le dejó pocos instantes de reposo. Su sueño fue breve y lleno de extrañas visiones. La destemplanza de su sangre y la excitación de sus nervios ya le hacían tiritar con intenso frío, ya sofocarse hasta sudar con el calor de la calentura. Motivo y no pretexto tuvo para no asistir por enfermo ni al coro ni al refectorio. Acudió, no obstante, aunque sin comer apenas y casi sin desplegar los labios sino para murmurar sus rezos.

Fray Miguel no habló con nadie, pero habló mucho consigo mismo, en aquella conversación interior y profunda, cuyas palabras y frases no es menester que suenen o en la que tal vez se dice y se representa todo de un modo más directo y más vivo, sin acudir a los signos arbitrarios de las frases y de las palabras.

Punto menos que imposible, es reproducir aquí lo que Fray Miguel pensó y se dijo. En todo discurso, si se enuncia por el lenguaje humano, las imágenes, las pasiones y los pensamientos van tomando forma, sucediéndose y mostrándose con cierto orden y gradación, unos en pos de otros. En Fray Miguel no era así: en silencio exterior estaba él, sin voz y sin acento que pudiesen percibir los sentidos; pero allá en los abismos de su alma se levantaba tempestad espantosa. Recuerdos, esperanzas, dudas y desengaños, todo acudía en tumulto y asaltaba y atormentaba su mente. Fray Miguel por involuntario impulso hacía un raro examen de conciencia. El bien y el mal de cuanto había hecho se le aparecían como presente y no como desvanecido y pasado, y al mismo tiempo hacían irrupción en su espíritu, en tropel contradictorio y confuso, triunfos y derrotas, crímenes y virtudes, gloria y oprobio y mil portentosos lances y sucesos, que flotaban sin encadenamiento que los ligase, en un porvenir nebuloso.

Arduo sería penetrar en el espíritu de Fray Miguel y descubrir cuanto en aquel momento le agitaba; pero aún es arduo el empeño de distinguir lo que bullía en aquel caos y darlo a conocer por medio de la palabra escrita. Haré, no obstante, un esfuerzo, a fin de que se sepa algo de lo que entonces Fray Miguel sentía y pensaba. Lo que en su mente era simultáneo no podrá menos de sucederse en el soliloquio, pero lo que él interiormente se hablaba, carecía de conclusión y de principio y se manifestaba todo a la vez.

Desesperado de lograr en el mundo la fortuna que buscaba, Fray Miguel a los treinta y cinco años de su edad se había refugiado en el claustro. Su última derrota había sido en la batalla de Toro, donde militó en defensa de doña Juana, en las huestes portuguesas.

Ya en el claustro, pensó que la paz le bastaría. Se propuso no aspirar sino a la paz, pero conoció pronto que la paz no le bastaba. Su ambición y su codicia de riquezas, bienes, poder y deleites materiales, le alejaron del mundo, mas no para hundirse y perecer, sino para buscar su satisfacción más allá del mundo: en algo tan sublime y tan luminoso que todas las excelsitudes y resplandores del mundo fuesen, en su comparación, ruindad, misericordia y sombra. En la fertilidad y verdura de los campos, en las umbrías solitarias, durante las horas meridianas, cuando vierte el sol a torrentes sus rayos esplendorosos, en el augusto silencio de la noche, en la amplitud del cielo lleno de estrellas, en el movimiento y en la vida de los seres, en la yerbecilla que pisaban sus pies, en la flor silvestre que deshojaban sus dedos y en el astro remoto que sus ojos apenas distinguían, en lo más cercano y en lo más distante, Fray Miguel buscó la clave del misterio, quiso hallar la cifra de un nombre incomunicable, pugnó porque se le apareciese y se le revelase lo sobrenatural y lo sobrehumano. Sin duda era el orgullo y no el amor quien impulsaba a Fray Miguel; Fray Miguel no consiguió nada.

Entonces apartó el sentido y distrajo la atención de todo lo creado, de cuanto se muestra en lo exterior a nuestros ojos o resuena en nuestros oídos. Como buzo que baja en busca de coral y de perlas al fondo de los mares, hundió su mente en la íntima contemplación de su propio ser, buscando allí la raíz por donde estaba asido y como pendiente de lo infinito. Tampoco así halló nada, sino obscuridad vacía y lúgubre.

Volvió el pensamiento de Fray Miguel al mundo exterior. Desechando la idea de estar poseído, concibió la esperanza de poder estar obseso. ¿Era él tan vil y tan indigno que no lograse ponerse en comunicación con seres inteligentes que no formen parte del linaje humano? El universo está lleno de tales seres. ¿Por qué eran tan groseros sus sentidos que no los percibían? ¿No podría él evocarlos, formar pacto y alianza con ellos y adquirir virtudes, poder y fuerzas superiores a cuanto posee la generalidad de los mortales de su misma especie?

Cuando se paraba Fray Miguel en esta impía imaginación, solía caer en el más hondo abatimiento, y tal vez exclamaba: